El Quijote y los Derechos Humanos

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EL QUIJOTE Y LOS DERECHOS HUMANOS*

Por Héctor Rodríguez Espinoza.

            Introducción. Hablar sobre “El Quijote y los Derechos Humanos” es un doble reto. Por una parte, obliga a tratar sobre una figura ciertamente de ficción pero que, desde   que la concibió su autor en algún viejo pergamino del siglo XVI, y pasando por sus millones de lectores que en el mundo hemos sido – y lo serán los siglos de los siglos -, constituye la encarnación  invisible  e  inmortal  de  un símbolo de y para la  humanidad; y venero inagotable de sabiduría, que se reproduce cada generación.

            Por  la otra, impera versar acerca de un tema que, más para pena que  para  gloria  del   universo, ha preocupado y ocupado la atención de lucidas y  valientes inteligencias en el mundo: la violación de las garantías individuales; dicho en otra forma, la defensa – jurídicamente consagrada y eficazmente realizada – de los Derechos Humanos, aquellos que le son inherentes al ser humano por el sólo hecho de serlo: la vida, la salud física y mental, la libertad, la honra, la seguridad, la integridad física, psíquica y moral.

             El compromiso, pues, asumido con seriedad y respeto a ambos tópicos, correspondería a un “literato jurista” o a un “jurista literato”, como se prefiera. Se trata, así, de penetrar en las entrañas de dos Disciplinas ciertamente humanísticas pero que, debido a la cada vez más obligada división del trabajo intelectual del hombre moderno, poseen distinto objeto y lógica de conocimiento: La Literatura y el Derecho.

            La Literatura, la aprehensión de todo lo escrito por el género humano que constituye un digno testimonio o huella de su paso por nuestro planeta; y el Derecho, la regulación coactiva de la conducta humana en la sociedad, para el logro de los valores deseables y posibles.           En mi caso, estudioso del Derecho, la disyuntiva es analizar jurídicamente aspectos de El Quijote, más que analizar literaria – y quijotescamente – el Orden Jurídico, tarea ésta tentadora, pero fuera de mi alcance.

             Miguel de Cervantes Saavedra. En primer lugar, para comprender a El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, es necesario entender la biografía de su autor Miguel de Cervantes Saavedra y la época que le tocó vivir.

             Como se sabe, nacido en 1547, produjo su bibliografía en el último tercio del siglo XVI y en la primera década del siglo XVII (murió en 1616). En 1605, en que apareció en Madrid la primera parte de esa obra monumental, en el viejo mundo de entonces (1582-1611), ocurrían sucesos como los siguientes: la proclamación de Enrique IV, Rey de Francia; Jacobo I de Inglaterra reafirmaba la superioridad del Estado sobre la Iglesia Anglicana; Francis Bacon publicaba Sobre el proceso del saber; se fundaba la Colonia Inglesa de Virginia; se publicaba el Atlas de Mercator; se efectuaba el primer viaje de Samuel de Champlain, al Canadá; Kepler publicaba su Astronomía Nova; Galileo publicaba Siderus Nuncios; el Greco pintaba EI Entierro del Conde de Orgaz; Rubens pintaba La Adoración de los Magos y El Descendimiento de la Cruz; Teresa de Jesús publicaba Camino de Perfección; Shakespeare publicaba Sueño de una Noche de VeranoEl Mercader de VeneciaRomeo y Julieta y Hamlet; se implantaba el Calendario Gregoriano; se fundaba la Compañía Inglesa de las Indias Orientales; y comenzaban los Decretos de expulsión de los Moriscos de España.

Mientras eso ocurría en el Viejo Mundo, aquí, en el Nuevo Mundo y particularmente en el noroeste de México – de donde provengo -, la región  más septentrional hasta entonces conocida por los conquistadores españoles, se instalaba en México el Tribunal de la Santa Inquisición; llegaban a la Nueva España los primeros misioneros de la Compañía de Jesús – los Padres de nuestra identidad cultural mestiza indo-hispana, desde entonces y hasta hoy día – ; se fundaba la Misión de Sinaloa, la primera en el noroeste; los misioneros Pedro Méndez y Andrés Pérez de Rivas visitaban las rancherías habitadas por los indios mayos en Huatabampo, Sonora; y se celebraba, en la ciudad de México, la beatificación de San Ignacio de Loyola, fundador de la Compañía de Jesús, notable fiesta que probó el gran influjo de los jesuitas y las riquezas de la Capital de la Colonia.

            Miguel de Cervantes, producto de su tiempo,  en su Prólogo a la primera parte de dicha obra escribió:

quiero “que este libro, como hijo del entendimiento, fuera el más hermoso, el más gallardo y más discreto que pudiera imaginarse. Pero no he podido yo contravenir a la orden de naturaleza, que en ella cada cosa engendra su semejante…”.

            Por otra parte, en su estancia en Italia en 1568, se empapó de la cultura renacentista. Alcanzó gloria como soldado en la Batalla de Lepanto. Estuvo prisionero durante cinco años, cuando germinó – seguramente – su célebre frase sobre la libertad y la honra:

“La libertad, Sancho, es uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos; con ella no pueden igualarse los tesoros que encierra la tierra ni el mar encubre; por la libertad, así como por la honra, se puede y debe aventurar la vida…”.

            Recién casado, la necesidad le obligó amargamente a dejar la pluma, a andar como alcabalero y recaudador de contribuciones. Al intentar pasar a América, le fue negada la petición, indicándole que buscase por allá “donde se le hiciese merced”. Su matrimonio resultó desgraciado. Finalmente, en 1605, da a luz la primera parte de El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha,

“la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en una cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación….”.   

            Como harto se ha dicho, el Quijote, “de eterno nombre y fama”, tiene tantas lecturas como lectores, y hasta quizá distintas lecturas de cada lector cuando lo releemos desde nuestra cotidiana evolución intelectual, como aquel famoso Río de Heráclito: el Quijote y cada lector somos una misma – pero distinta – cosa, cada vez.       Así como sucede con el otro gran libro universal, la Biblia – la historia del pueblo de Israel -, esta segunda cumbre cultural del Renacimiento y de todos los tiempos, ha sido capaz de inspirar otras importantes obras de las demás Bellas Artes. Así ha sido en la Música, el Teatro, las Artes Visuales y Plásticas, la Danza y el Cine.

            Por eso, para evitar perderme en esa veta imperecedera de conocimientos y sentimientos humanos e inmenso mundo mágico de El Quijote, debo asirme de – si acaso- no más de dos pasajes en los que, como paradigmas del Derecho y de la Justicia, encuentro íntimamente vinculados a los Derechos Humanos: me refiero al Capítulo XXII de la Primera Parte y al Capítulo XLII de la Segunda Parte. El primero de ellos, “De la Libertad que dio Don Quijote a muchos desdichados que, mal de su grado, los Ilevaban donde no quisieran ir ”;  y el segundo, “De los consejos que dio Don Quijote a Sancho Panza antes que fuese a gobernar la Insula, con otras cosas bien consideradas”.

            De la libertad a los galeotes. Como recordamos, el relato dice que El Quijote vio que por el camino venían hasta doce hombres a pie, ensartados como cuentas en una gran cadena de hierro, por el cuello, y todos con esposas en las manos:

  – “Gente forzada del Rey” -, le dijo Sancho.

   Con ellos, cuatro guardias armados. El Quijote dijo:

  – “¡Pues… aquí encaja la ejecución de mi oficio: desfacer entuertos y socorrer y acudir a los miserables”.   

            A pesar de la advertencia de Sancho Panza de que era el castigo en pena por los delitos, pidió a los guardias los motivos de aquella cuerda, y “de cada uno en particular, la causa de su desgracia”.            Tomada licencia para ello, se Ilegó a la cadena y preguntó a seis de ellos el motivo de su prisión: el  primero, “por enamorado” de una canasta de ropa blanca; el segundo, por “músico y cantor”, es decir por “confesar – un delito – en el tormento”; el tercero, por un faltante de diez ducados; el cuarto, por alcahuete y hechicero; el quinto – un estudiante – por burlesco; y el sexto – con más cadenas – un novelista y autor de su biografía: La vida de Gines de Pasamonte.

            Según la narración, en el interrogatorio a este sexto preso ( que quizá aprovechó Cervantes para identificarse con sus desdichas), don Quijote le pregunta si su libro autobiográfico está acabado, a lo que Gines contesta:

  “ – ¿Cómo puede estar acabado, si aun no está acabada mi vida? Lo que está escrito es desde mi nacimiento hasta el punto que esta última vez me han echado a galeras.

  “ –  Luego, otra vez habéis estado en ellas? – dijo don Quijote.

  “ –  Para servir a Dios y al Rey, otra vez he estado cuatro años y ya sé a qué sabe el bizcocho y el corbacho – respondió Gines- ; y no me pesa mucho de ir a ellas, porque allí tendré lugar de acabar mi vida; que me quedan muchas cosas qué decir y en las galeras de España hay más sosiego de aquel que sería menester, aunque no es menester mucho más, pese lo que yo tengo de escribir, porque me lo se de caso.

  “- Hábil pareces – dijo don  Quijote.

  “- Y desdichado – respondió Gines – ; porque siempre las desdichas persiguen al buen ingenio …”.

            Después de un escarceo verbal entre Gines y el Comisario, quien “alzó la vara en alto para dar a pasaviento”, don Quijote se puso en medio y le rogó que no lo maltratase, pues no era mucho que “quien llevaba atadas las manos tuviere algún tanto suelta la lengua”, y volviéndose a todos los de la cadena, dijo:

            “ – De todo cuanto me habéis dicho, hermanos carísimos, he sacado en limpio que, aunque os han castigado por vuestras culpas, las penas que vais a padecer no os dan mucho gusto, y que vais a ellas muy de mala gana y muy contra vuestra voluntad; y que podría ser que el poco ánimo que aquel tuvo en el tormento, la falta de dineros de éste, el poco favor del otro, y, finalmente, el torcido juicio del juez, hubiese sido causa de vuestra perdición, y de no haber salido con la justicia que de vuestra parte teníades. Todo lo cual se me representa a mí ahora en la memoria, de manera que me está diciendo, persuadiendo, y aun forzando que muestre con vosotros el efecto para el que el cielo me arrojó al mundo, y me hizo profesar en el la orden de caballería que profeso, y el voto que en ella hice de favorecer a los  menesterosos y opresos de los mayores. Pero, porque sé que una de las partes de la prudencia es que lo que se puede hacer por bien no se haga por mal,  quiero rogar a nuestros señores guardianes y comisario sean servidos de desataros y dejaros ir en paz;  que no faltaran otros que sirvan al Rey en mejores ocasiones; porque me parece duro caso hacer esclavos a los que Dios y naturaleza hizo libres. Cuanto más, señores guardas – añadió Don Quijote -, que estos pobres no han cometido nada contra vosotros. Allá se lo haya cada uno con su pecado; Dios hay en el cielo, que no se descuida de castigar al malo, ni de premiar al bueno, y no es bien que los hombres honrados sean verdugos de los otros hombres, no yéndoles nada en ello. Pido esto con ésta mansedumbre y sosiego, porque tenga, si lo cumplís, algo que agradeceros; y cuando de  grado no lo hagáis, ésta lanza y ésta espada con el valor de mi brazo, harán que lo hagáis por fuerza.-

            “ – ¡Donosa majadería! – respondió el comisario-. ¡Bueno está el donaire con que ha salido a cabo al rato! ¡Los forzados del Rey quiere que le dejemos, como si tuviéramos autoridad para soltarlos, o él la tuviera para mandárnoslo! Váyase nuestra merced, señor, norabuena su camino adelante, y enderécese ese bacín que trae en la cabeza, y no ande buscando tres pies al gato -.

              “ – ¡Vos sois el gato, y el rato, y el bellaco! – respondió don Quijote.Y, diciendo y haciendo arremetió contra él tan presto, que, sin que tuviese lugar de ponerse en defensa, dio con él en el suelo, malherido de una lanzada;…“    La revuelta se armó, los galeotes rompieron las cadenas y saltaron a la campiña libres y desembarazados; los guardias huyeron. Don Quijote, rodeado de los galeotes les dijo que siendo” de gente bien nacida es agradecer los beneficios que reciben, y uno de los pecados que más a Dios ofenden es la ingratitud”, les pidió en pago, porque “les quité esa cadena de vuestros cuellos”, fueran a la ciudad del Tobozo, se presentaran ante Dulcinea y “le dijesen que su caballero de la triste figura se le envía a encomendar, y le contéis punto por punto todo lo que ha tenido esta famosa aventura hasta poneros en la deseada libertad…”.      

            Los galeotes, por voz de Gines de Pasamonte, “que no era nada bien  sufrido, estando ya enterado que don Quijote no era muy cuerdo, pues tal disparate había cometido, como el de querer darles libertad, viéndose tutor de aquella manera, hizo del ojo a los companeros”, y ante el temor de ser reaprehendidos, se negaron a cumplir aquel deseo; don Quijote montó en cólera y, antes de una nueva acometida suya, los ex-presos le arrojaron una lluvia de piedras, lo derribaron, “dejándolo en pelota” y se fueron cada uno por su lado. Sancho estuvo todo el tiempo guarecido tras su asno. El relato termina:

“Solos quedaron jumento y Rocinante, Sancho y don Quijote; el jumento, cabizbajo y pensativo, sacudiendo de cuando en cuando las orejas, pensando que aún no había cesado la borrasca de las piedras que le perseguían los oídos; Rocinante tendido junto a su amo, que también vino al suelo de otra pedrada; Sancho, en pelota y temeroso de la Santa Hermandad; don Quijote, mohinísimo de verse tan mal parado por los mismos a quien tanto bien había hecho.”

             Este discurso de la ingratitud humana, sería tema de otra Ponencia.

            De los consejos a Sancho gobernador.  Respecto del Capítulo XLII, sucedió que en víspera de que Sancho se dispusiese a ir de gobernador de Barataria, la ínsula prometida, tuvo lugar un diálogo con el Duque. En eso llegó don Quijote, y sabiendo lo que pasaba y la celeridad con que Sancho había de partir a su gobierno, con licencia del Duque tomó a Sancho por la mano y se fue con él a su estancia, con intención de aconsejarle cómo se había de haber en su oficio. Entrados, pues, en su aposento, cerró tras de sí la puerta, e hizo casi por fuerza que Sancho se sentase junto a él, y con resposada voz le dijo:

            “ – ¡… Tú, que para mí, sin duda alguna, eres un porro, sin madrugar ni trasnochar y sin hacer diligencia alguna, con solo el aliento que te ha tocado de la andante caballería, sin más ni más te ves gobernador de una ínsula, como quien no dice nada…. Dispuesto, pues, el corazón a creer lo que te he dicho, está, ¡oh hijo! atento a este tu Catón, que quiere aconsejarte y ser norte y guía que te encamine y saque a seguro puerto deste mar proceloso donde vas a engolfarte! Que los oficios y grandes cargos no son otra cosa sino un golfo de confusiones. Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios; porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte, como la rana que quiso igualarse con el buey; que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra.-

              “ – Así es la verdad –  respondió Sancho; – pero fue cuando rnuchacho; pero después, algo hombrecillo, gansos fueron los que guardé, que no puercos, pero esto paréceme a mí que no hace al caso; que no todos los que gobiernan vienen de casta de reyes -.

              “ – Así es verdad – replicó don Quijote – ; por lo cual los no de principios nobles deben acompañar la gravedad del cargo que ejercitan, con una blanda suavidad que, guiada por la prudencia, los libre de la murmuración maliciosa, de quien no hay estado que se escape. Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte, y preciarte más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Innumerables son aquellos que de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansara. Mira, Sancho: hacer hechos virtuosos, no hay para que tener envidia a los que los tienen príncipes y señores; porque la sangre se hereda, y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale. Siendo esto así, como lo es, que si acaso viniere a verte, cuando estés en tu ínsula, alguno de tus parientes, no le desheches y le afrentes; antes le has de acoger, agasajar y regalar; que con esto satisfarás al cielo, que gusta que nadie se desprecie de lo que él hizo, y corresponderás a lo que debes a la naturaleza bien concertada. Si trujeras a tu mujer contigo (porque no es bien que los que asisten a gobiernos de mucho tiempo estén sin las propias), enséñala, doctrínala, y desbástala de su natural rudeza; porque todo lo que suele adquirir un gobernador discreto,  puede perder y derramar una mujer rústica y tonta. Si acaso enviudares (cosa que puede suceder), y con el cargo mejorares de consorte, no la tomes tal, que te sirva de anzuelo y de caña de pescar, y del no quiero de tu capilla; porque en verdad te digo que de todo aquello que la mujer del juez recibiere, ha de dar cuenta el marido en la residencia universal, donde pagará con el cuatro tanto en la muerte las partidas de que no se hubiere hecho cargo en la vida. Nunca te guíes por la ley del encaje, que suele tener mucha cabida con los ignorantes que presumen de agudos. Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia, que las informaciones del rico. Procura descubrir la verdad por entre las promesas y dádivas del rico como por entre los sollozos e importunidades del pobre. Cuando pudiere y debiere tener lugar la equidad, no cargues todo el rigor de la ley al delincuente, que no es mejor la fama del juez riguroso que la del compasivo. Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia. Cuando te sucediere juzgar algún pleito de algún tu enemigo, aparta las mientes de tu injuria y ponlas en la verdad del caso. No te ciegue la pasión propia en la causa ajena; que los hierros que en ella hiciéreis, las más veces será sin remedio; y si le tuvieren, será a costa de tu crédito, y aun de tu hacienda. Si alguna mujer hermosa viniere a pedirte justicia, quita los ojos de sus lágrimas y tus oídos de sus gemidos, y considera despacio la sustancia de lo que pide, si no quieres que se anegue tu razón en su llanto y tu bondad en sus suspiros.

            Al que has de castigar con obras, no trates mal con palabras, pues le basta al desdichado la pena del suplicio, sin de las razones. Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción considérale hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada naturaleza nuestra, y en todo cuanto fuere de tu parte, sin hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente; aunque los atributos de Dios todos son iguales, más resplandece y campea a nuestro ver el de la misericordia que el de la justicia. Si estos preceptos y estas reglas sigues, Sancho, serán luengos tus días, tu fama será eterna, tus premios colmados, tu felicidad indecible, casarás tus hijos como quisieres, títulos tendrán ellos y tus nietos, vivirás en paz y beneplácito de las gentes, y en los últimos pasos de la vida te alcanzará el de la muerte en vejez suave y madura, y cerrarán tus ojos las tiernas y delicadas manos de tus terceros nietezuelos. Esto que hasta aquí te he dicho son documentos que han de adornar tu alma; escucha ahora los que han de servir para adorno del cuerpo. …”.**

             Los Derechos Humanos. Ahora bien, como se sabe, los Derechos Humanos es un concepto recurrente en la historia de la humanidad, porque está estrechamente ligado con la dignidad, libertad y honra humanas. Tuvo un gran impulso hace poco más de dos siglos con las Declaraciones Norteamericana y Francesa, poco después de la barbarie de la Segunda Guerra Mundial, y es en éstas últimas cuatro décadas cuando el tema se internacionaliza.

            En nuestro país y siguiendo el modelo del Ombusdman (“el defensor del pueblo”, Delegado de los Poderes del Estado que da trámite a la satisfacción del derecho), vocablo internacional de origen sueco nacido en 1809, recientemente han sido instaladas las denominadas Comisiones –  Nacional y Estatales – de Derechos Humanos, Organismos públicos, autónomos, con personalidad jurídica y patrimonios propios, que tienen por objeto la protección, observancia, promoción, estudio y divulgación de los Derechos Humanos establecidos por el Orden Jurídico Mexicano, y que constituyen un conjunto de facultades que en cada momento histórico concretan las exigencias de la dignidad humana y que deben ser consagradas por los ordenamientos jurídicos, a nivel nacional e internacional. Los lemas que sintetizan a este gran movimiento mundial de las sociedades y de los gobiernos son dos: “Nadie esa por encima de la Ley” y “No a la impunidad”.

            Los juristas sabemos que el orden jurídico mexicano tiene ya dos instancias, de rango constitucional, para la tutela de las garantías individuales y para la defensa y protección de los Derechos Humanos: el Juicio de Amparo, cuyos antecedentes datan de 1841, y las Comisiones de Derechos Humanos, cuyos antecedentes positivos datan apenas de 1989.

            Para estos fines, los Derechos Humanos son los inherentes a la naturaleza humana, sin los cuales no se puede vivir como ser humano. Los más protegidos por las Comisiones de Derechos Humanos son los derechos a la vida, la salud física y mental, la integridad física,  la  libertad,  la  dignidad   y   la    seguridad   jurídica  de las personas.

            Los pasos más reiterados de violación de los Derechos Humanos en México, en orden de frecuencia, suelen ser: la dilación en la procuración de justicia, detención arbitraria, abuso de autoridad, vicios en el procedimiento, falsa acusación, denegación de justicia, tortura, violación a los derechos de los reclusos, negativa a la solicitud de atención medica y al derecho de petición, intimidación, lesiones, inejecución de sentencia, incumplimiento de orden de aprehensión, inconformidad de sentencia y negligencia médica.

            A diferencia del Juicio de Amparo, prestigiada aportación del talento mexicano al Derecho mundial, los procedimientos ante las Comisiones son breves y sencillos y están sujetos solo a las formalidades esenciales que requiera la documentación de los expedientes, evitando actuaciones no indispensables. Se actúa de acuerdo con los Principios de inmediatez, concentración y rapidez, procurando el contacto directo con quejosos y autoridades, para evitar la dilación de las comunicaciones escritas. Sus actuaciones son gratuitas y cuando el interesado decida contar con la asistencia de un abogado, se le indica que ello no es necesario. Lo primero que procuran las Comisiones es la conciliación y una solución inmediata del conflicto. La queja es investigada y se le pide a la autoridad presuntamente violadora un informe justificado; y concluida la investigación, el Presidente emite una Recomendación, determinando, en su caso, que las autoridades han violado los Derechos Humanos, por actos ilegales, irrazonables, injustos, inadecuados o erróneos, o que hubiesen dejado sin respuesta las solicitudes presentadas por los interesados, durante un periodo que exceda notoriamente los plazos fijados por las leyes. Esta Recomendación es pública y autónoma, y aun cuando no tiene carácter imperativo para la autoridad a quien se dirige, su amplia difusión por todos los medios posibles, tiene una importancia muy grande, toda vez que ha sido el instrumento que le ha permitido al Ombudsman en otros países y a las Comisiones de Derechos Humanos, en México, que sus Recomendaciones realmente sean cumplidas, ya que no hay autoridad que le agrade y convenga ser señalada como violadora de los Derechos Humanos y, además, renuente y rebelde a asumir su responsabilidad institucional y castigar una violación, con su consabido costo político.

A la vuelta de menos de tres años, consta a la conciencia de juristas y de la sociedad nacional mexicana, los frutos conocidos de las Recomendaciones que, primero la Comisión Nacional, y después gradualmente las Comisiones Estatales que existen ya en todas las entidades del país, se han emitido y cumplido. Obviamente que es muy difícil, aunque no imposible, la eliminación de la contumaz violación de los Derechos Humanos por aquellas autoridades que, por ignorancia o mala fe, o por ambas, ceden ante la fácil tentación de rebasar los linderos de su atribución y autoridad legal, agraviando a ciudadanos que habitan un Estado de Derecho, aquel en el cual las autoridades, desde la más alta hasta la más modesta, solo pueden hacer lo que está expresamente autorizado, y apegadas siempre a la norma jurídica.        

Por eso, los mexicanos deben empezar a asumir – con hombría de bien y con coraje civil -, sus deberes de ciudadanos y sus Derechos Humanos, binomio conductual cuya feliz conciliación nos conducirá, a todos, a otro no menos trascendental: un mejor Estado de  Derecho y una sociedad más libre y democrática.

            Palabras finales. Sea lo que fuere, para quienes – desde el campo del Derecho – aquilatamos el Quijote de la Mancha como una veta literaria e infinita de buen gobierno y buena hombría del pueblo; como un sustantivo y un adjetivo; extraemos de su genio y figura una actitud ante la vida y ante la defensa de los Derechos Humanos, en contra de sus violadores. Ayer, como hoy y mañana. Hoy día, lo mismo en Somalia – donde 100 mil mueren de hambre cada día -, en la ex-Yugoslavia, en América Latina, en el Caribe, en Norteamérica y en México. Son tantos los viejos y nuevos galeotes a los que hay que libertar, que su protagonismo obliga a una actitud quijotesca, “con el valor del brazo” del Derecho. Pero los molinos de viento y agravios del ingenio de Cervantes son, ahora, nuestras nuevas cadenas: las de la estupidez de las guerras fratricidas; la injusta creación y distribución de la riqueza mundial y nacional; la injusticia que  celosamente encierran muchas leyes mexicanas, particularmente las relativas al mínimo salario para los creadores físicos de los bienes y servicios en educación y seguridad pública, por ejemplo; la inmisericorde procuración e impartición de justicia; el abuso y tortura de las autoridades para con acusados y reclusos ; y la actitud de  todos cuantos, desde el fondo de su prepotencia, crucifican a millones de Quijotes y Sanchos Panzas que habitamos en la tierra; y que tenemos, en una eterna declaración de amor, nuestra fe, esperanza y acción puestas en la Dulcinea del Derecho, la Libertad, la Honra, la Democracia, la Paz y la Justicia.

Hermosillo, Sonora, México, febrero de 1993.

            * Ponencia presentada en el Vl Coloquio Internacional Cervantino, en Guanajuato, Guanajuato, México, en febrero de 1993.

            ** El Capítulo XLIII, “De los consejos segundos que dio don Quijote a Sancho Panza”, no tiene una relación directa con el tema de esta Ponencia. Pero no puedo dejar de recomendar su lectura por que es en el que don Quijote indica a Sancho – a quien llamó “un costal lleno de refranes y de malicias”, como lo es el bajo pueblo – , “cómo has de gobernar tu persona y casa”, en  un  tono  coloquial,  jocoso  y  colmado  de   sabiduría popular.

ELOGIO A SANCHO PANZA

CAPÍTULO XLV

De cómo el gran Sancho Panza tomó la posesión de su ínsula, y del modo que comenzó a gobernar

            “… Ante el cual se presentaron dos hombres ancianos; el uno traía una cañaheja por báculo, y el sin báculo dijo:

-Señor, a este buen hombre le presté días ha diez escudos de oro en oro, por hacerle placer y buena obra, con condición que me los devolviese cuando los pidiese; pasáronse muchos días sin pedírselos, por no ponerle en mayor necesidad, de volvérmelos, que la que el tenía cuando yo se los presté; pero por parecerme que se descuidaba en la paga, se los he pedido una y muchas veces, y no solamente no me los vuelve, pero me los niega y dice que nunca tales diez escudos le presté, y que si se los presté, que ya me los ha vuelto. Yo no tengo testigos ni del prestado ni de la vuelta, porque no me los ha vuelto; querría que vuestra merced le tomase juramento, y si jurare que me los ha vuelto, yo se los perdono para aquí y para delante de Dios.

-¿Qué decís vos a esto, buen viejo del báculo? –dijo Sancho.

A lo que dijo el  viejo:

-Yo, señor, confieso que me los prestó, y baje vuestra merced esa vara; y pues él lo deja en mi juramento, yo juraré como se los he vuelto y pagado real y verdaderamente.

Bajó el gobernador la vara, y en tanto, el viejo del báculo dio el báculo al otro viejo, que se le tuviese en tanto que juraba, como si le embarazara mucho, y luego puso la mano en la cruz de la vara, diciendo que era verdad que se le habían prestado aquellos escudos que se le pedían; pero él se los había vuelto de su mano a la suya, y que por no caer en ello se los volvía a pedir por momentos. Viendo lo cual el gran gobernador preguntó al acreedor qué respondía a lo que decía su contrario, y dijo que sin duda alguna su deudor debía de decir verdad, porque le tenía por hombre de bien y buen cristiano, y que a él se le debía de haber olvidado el cómo y cuándo se los había vuelto, y que desde allí en adelante jamás le pediría nada. Tornó a tomar su báculo el deudor y bajando la cabeza, se salió del juzgado. Visto lo cual Sancho, y que sin más ni más se iba, y viendo también la paciencia del demandante, inclinó la cabeza sobre el pecho, y poniéndose el índice de la mano derecha sobre las cejas y las narices, estuvo como pensativo un pequeño espacio, y luego alzó la cabeza y mandó que le llamasen al viejo del báculo, que ya se había ido. Trujéronsele, y en viéndole Sancho le dijo:

-Dadme, buen hombre, ese báculo; que le he menester.

-De muy buena gana-, respondió el viejo-: héle aquí señor-

Y púsosele en la mano. Tomóle Sancho y dándosele al otro viejo le dijo:

-Andad con Dios, que ya váis pagado.

-¿Yo señor? – respondióle el viejo -. Pues ¿vale esta cañaheja diez escudos de oro?

-Sí -, dijo el gobernador-; o si no, yo soy el mayor porro del mundo. Y ahora se verá si tengo yo caletre para gobernar todo un reino.

Y mandó allí, delante de todos, se rompiese y abriese la caña. Hízose así, y en el corazón della hallaron diez escudos en oro; quedaron todos admirados, y tuvieron  a su gobernador por un nuevo Salomón.

Preguntáronle de dónde había colegido que en aquella cañaheja estaban aquellos diez escudos, y respondió que de haberle visto dar el viejo que juraba, a su contrario, aquel báculo, en tanto que hacía el juramento, y jurar que se los había dado real y verdaderamente, y que en acabando de jurar le tornó a pedir el báculo, le vino a la imaginación que dentro dél estaba la paga de lo que pedían. De donde se podía colegir que los que gobiernan, aunque sean unos tontos, tal vez los encamina Dios en sus juicios; y más que él había oído contar otro caso como aquel al cura de su lugar, y que él tenía tan gran memoria, que a no olvidársele todo aquello de que quería acordarse, no hubiera tal memoria en toda la ínsula. Finalmente el un viejo corrido y el otro pagado, se fueron, y los presentes quedaron admirados, y el que escribía las palabras, hechos y movimientos de Sancho, no acababa de determinarse si le tendría por tonto, o por discreto”.

Luego, acabado este pleito, entró en el juzgado una mujer asida fuertemente de un hombre vestido de ganadero rico, la cual venía dando grandes voces, diciendo:

-¡Justicia, señor gobernador, justicia, y si no la hallo en la tierra, la iré a buscar al cielo! Señor gobernador de mi ánima, este mal hombre me ha cogido en la mitad dese campo, y se ha aprovechado de mi cuerpo como si fuera trapo mal lavado, y, ¡desdichada de mí!, me ha llevado lo que yo tenía guardado más de veinte y tres años ha, defendiéndolo de moros y cristianos, de naturales y extranjeros, y yo, siempre dura como un alcornoque, conservándome entera como la salamanquesa en el fuego, o como la lana entre las zarzas, para que este buen hombre llegase ahora con sus manos limpias a manosearme.

-Aun eso está por averiguar: si tiene limpias o no las manos este  galán– dijo Sancho.

Y volviéndose al hombre, le dijo qué decía  y respondía a la querella de aquella mujer. El cual, todo turbado, respondió:

-Señores, yo soy un pobre ganadero de ganado de cerda y esta mañana salía deste lugar de vender, con perdón sea dicho, cuatro puercos, que me llevaron de alcabalas y socaliñas poco menos de lo que ellos valían; volvíame a mi aldea, topé en el camino a esta buena dueña, y el diablo, que todo lo añasca y todo lo cuece, hizo que yogásemos juntos; páguele lo soficiente, y ella, mal contenta, asió de mí y no me ha dejado hasta traerme a este puesto. Dice que la forcé, y miente, para el juramento que hago o pienso hacer; y esta es toda la verdad, sin faltar meaja.

Entonces el gobernador le preguntó si traía consigo algún dinero en plata; él dijo que hasta veinte ducados tenía en el seno, en una bolsa de cuero. Mandó que la sacase y se la entregase, así como estaba, a la querellante; él lo hizo temblando; tomóla la mujer, y haciendo mil zalemas a todos y rogando a Dios por la vida y salud del Señor gobernador, que así miraba por las huérfanas y menesterosas y doncellas; y con esto se salió del juzgado, llevando la bolsa asida con entrambas manos; aunque primero miró si era de plata la moneda que llevaba dentro.

Apenas salió, cuando Sancho dijo al ganadero, que se le saltaban las lágrimas, y los ojos y el corazón se le iban tras su bolsa:

-Buen hombre, id tras aquella mujer, y quitadle la bolsa, aunque no quiera, y volved aquí con ella.

Y no lo dijo a tonto ni a sordo; porque luego partió como un rayo y fue a lo que se le mandaba. Todos los presentes estaban suspensos, esperando el fin de aquel pleito, y de allí poco volvieron el hombre y la mujer más asidos y aferrados que la vez primera, ella la saya levantada y en el regazo puesta la bolsa, y el hombre pugnando por quitársela; mas no era posible, según la mujer la defendía, la cual daba voces diciendo:

-¡Justicia de Dios y del mundo! Mire vuestra merced, señor gobernador, la poca vergüenza y el poco temor de este desalmado, que en mitad del poblado y en mitad de la calle me ha querido quitar la bolsa que vuestra merced mandó darme.

-Y ¿Háosla quitado?– preguntó el gobernador.

-¿Cómo quitar?- respondió la mujer-. Antes me dejara yo quitar la vida que me quiten la bolsa. ¡Bonita es la niña! ¡Otros gatos me han de echar a las barbas, que no este desventurado y asqueroso! ¡Tenazas y martillos, mazos y escoplos no serán bastantes a sacármela de las uñas, ni aún garras de leones: antes el ánima de mitad en mitad de las carnes!

-Ella tiene razón – dijo el hombre-, y yo me doy por rendido y sin fuerzas, y confieso que las mías no son bastantes para quitársela, y déjola.

Entonces el gobernador dijo a la mujer:

-Mostrad, honrada y valiente, esa bolsa.

Ella se la dio luego, y el gobernador se la volvió al hombre, y dijo a la esforzada y no forzada:

-Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender esta bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza. Andad con Dios, y mucho de enhoramala, y no paréis en toda esta ínsula ni en seis leguas a la redonda, so pena de doscientos azotes ¡Andad luego digo, churrillera, desvergonzada y embaidora!

Espantóse la mujer y fuese cabizbaja y mal contenta, y el gobernador dijo al hombre:

-Buen hombre, andad con Dios a vuestro lugar con vuestro dinero, y de aquí en adelante, si  no le queréis perder, procurad que no os venga en voluntad de yogar con nadie.

El hombre le dio las gracias lo peor que supo, y fuese, y los circunstantes quedaron admirados de nuevo de los juicios y sentencias de su nuevo gobernador…”

CAPÍTULO LI

Del progreso del gobierno de Sancho Panza, con otros sucesos tales como buenos
…”pero con su hambre y con su conserva se puso a juzgar aquel día, y lo primero que se le ofreció fue una pregunta que un forastero le hizo, estando presentes a todo el mayordomo y los demás acólitos, que fue:

-Señor, un caudaloso río dividía dos términos de un mismo señorío (y esté vuestra merced atento, porque el caso es de importancia y algo dificultoso). Digo, pues, que sobre este río estaba un puente, y al cabo della, una horca y una como casa de audiencia, en la cual de ordinario había cuatro jueces que juzgaban la ley que puso el dueño del río, de la puente y del señorío, que era en esta forma. “Si alguno pasare por esta puente de una parte a otra, ha de jurar primero adónde y a qué va; y si jurare verdad, déjenle pasar; y si dijere mentira, muera por ello ahorcado en la horca que allí se muestra, sin remisión alguna.” Sabida esta ley y la rigurosa condición della, pasaban muchos, y luego en lo que juraban se echaba de ver que decían verdad, y los jueces los dejaban pasar libremente. Sucedió, pues, que tomando juramento a un hombre, juró y dijo que para el juramento que hacía, que iba a morir en aquella horca que allí estaba, y no a otra cosa. Repararon los jueces en el juramento, y dieron: “Si a este hombre le dejamos pasar libremente, mintió en su juramento, y, conforme a la ley, debe morir; y si le jurado verdad, por la misma ley debe ser libre.” Pídese a vuesa merced, señor gobernador, qué harán los jueces de tal hombre; que aun hasta agora están dudosos y suspensos. Y habiendo tenido noticia dela agudo y elevado entendimiento de vuestra merced, me enviaron a mí a que suplicase a vuestra merced de su parte diese su parecer en tan intrincado y dudoso caso.

A lo que respondió Sancho:

-Por cierto que esos señores jueces que a mí os envían lo pudieran haber escusado, porque yo soy un hombre que tengo más de mostrenco que de agudo; pero, con todo eso, repetidme otra vez el negocio de modo que yo le entienda: Quizá podría ser que diese en el hito.

Volvió otra vez el preguntante a referir lo que primero había dicho, y Sancho dijo:

-A mi parecer,  este negocio en dos paletas le declararé yo, y es así: el tal hombre jura que va a morir en la horca, y si muere en ella, juró verdad, y por la ley puesta merece ser libre y que pase la puente; y sino le ahorcan, juró mentira, y por la misma ley merece que le ahorquen.

-Así es como el señor gobernador dice– dijo el mensajero; y cuanto a la entereza y entendimiento del caso, no hay más que pedir ni que dudar.

-Digo yo, pues agora – replicó Sancho – que deste hombre aquella parte que juró verdad la dejen pasar, y la que dijo mentira la ahorquen, y desta manera se cumplirá al pie de la letra la condición del pasaje.

-Pues, señor gobernador– replicó el preguntador-, será necesario que el tal hombre se divida en partes, en mentirosa y verdadera; y si se divide, por fuerza ha de morir, y así no se consigue cosa alguna de lo que la ley pide, y es de necesidad  espresa que se cumpla con ella.

-Venid acá, señor buen hombre–, respondió Sancho-; este pasajero que decís, o yo soy un porro, o él tiene la misma razón para morir que para vivir y pasar la puente; porque si la verdad le salva, la mentira le condena igualmente; y siendo esto así, como lo es, soy de parecer que digáis a esos señores que a mí os enviaron que, pues están  en un fil las razones de condenarle o absolverle, que le dejen pasar libremente, pues siempre es alabado más el hacer bien que el mal, y esto lo diera firmado de mi nombre si supiera firmar, y yo en este caso no he hablado de mío, sino que se me vino a la memoria un precepto, entre otros muchos que me dio mi amo don Quijote la noche antes que viniese a ser gobernador desta ínsula: que fue que cuando la justicia estuviese en duda, me decantase y acogiese a la misericordia; y ha querido Dios que agora se me acordase, por venir en este caso como de molde.

-Así es – respondió el mayordomo-, y tengo para mí que el mismo Licurgo, que dio leyes a los lacedemonios, no pudiera dar mejor sentencia que la que el gran Panza ha dado. Y acábese con esto la audiencia desta mañana, y yo daré orden como el señor gobernador coma muy bien a su gusto”.

“El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha” es una joya de la literatura española y universal. En ella intervienen dos personajes principales: el idealista don Quijote, que en su locura es capaz de pelearse con los molinos de viento, creyendo que son unos gigantes. Aunque los escépticos de nuestros días emplean calificativos peyorativos como quijotesco para referirse a lo que es inútil por ser difícil de realizar.

No obstante ello, considero don Quijote encarna el idealismo, sin el cual la humanidad no puede progresar. Un hombre sin ideales será siempre un conformista. Quizá sea el momento de forjarnos un ideal hacia el cual dirigirnos.

Pero estas líneas están consagradas al otro personaje, el escudero Sancho, quien es considerado por muchos como el arquetipo del hombre vulgar e inculto. Para otros, encarna al hombre realista, pragmático, utilitario.

Me atrevo a discrepar  con José Ingenieros cuando dice que “Ningún Dante podría elevar a Gil Blas, Sancho y Tartufo hasta el rincón de su paraíso, donde mora Cyrano, Quijote y Estockmann. Son dos mundos morales, dos razas, dos temperamentos: Sombras y Hombres, seres desiguales que no pueden pensar de igual manera. Siempre habrá evidente contraste entre el servilismo y la dignidad, la torpeza y el genio, la hipocresía y la virtud. La imaginación dará a unos el impulso original hacia lo perfecto. La imitación organizará en otros los hábitos colectivos. Siempre habrá, por fuerza, idealistas y mediocres”.

En los pasajes comentados, el comportamiento de Sancho dista mucho de la mediocridad. Miguel Torres Méndez señala que, “como se sabe, algunos pasajes de la obra literaria en la que interviene el fiel escudero de Don Quijote tienen bastante contenido jurídico, sobre todo los que sacan a relucir lo que se conoce como al “prueba pancista”, el cual es un criterio de probanza judicial. Dichos pasajes son de un contenido jurídico tan rico e interesante que han dado lugar a que se califique para la posteridad el criterio susodicho, “prueba pancista”, calificativo que se le da en símil o comparación con otro criterio de probanza judicial conocido literariamente, el cual es el de la “prueba salomónica””.

Como parte de una broma, Sancho es nombrado gobernador de un lugar llamado ínsula Barataria. Como tal, le corresponde administrar justicia. Entonces no existía el Poder Judicial como el órgano estatal encargado de impartir justicia. Lejos estaba la montesquiana teoría de la separación de poderes. Era el gobernante quien realizaba las funciones jurisdiccionales.

A fin de probar su ingenio, los habitantes de la ínsula le traen  varios casos. No obstante el bromista contexto de la obra, considero que en los pasajes comentados, Sancho, estuvo genial. Y es que todos tenemos un poco que don Quijote y un poco de Sancho Panza. Ojalá aflorara siempre en nuestros actos lo bueno que tenemos de cada uno de ellos.

En el pasaje del viejo del báculo nos encontramos con un medio probatorio de nuestros ordenamientos procesales derogados: el Código de Procedimientos Civiles de 1912  y el Código de Enjuiciamientos en Materia Civil: el juramento decisorio. Ernesto Perla Velaochaga  señala que este medio probatorio consiste en la confesión prestada por una parte a pedido de la otra, para que según su resultado, se decida la controversia, y que elimina la posibilidad de admitir otras probanzas. Después del juramento decisorio, no cabe sino la expedición de la sentencia de conformidad con el juramento prestado. Sin embargo, es evidente que cayó en franco desuso.

El anciano del báculo manifiesta en un primer momento que no ha recibido el dinero y que si lo recibió ya lo devolvió. El paciente acreedor señala que no recuerda haber recibido el pago, pero difiere al juramento de su contrario a quien considera un buen cristiano. Perla Velaochaga anota que “sólo debe emplearse esta probanza en el caso de tener completa confianza en la calidad moral de la persona a quien se le  solicita, cuando no hay otras pruebas que la eventual confesión del contrario, o cuando se esté dispuesto a cualquier riesgo antes de hacer públicos, mediante los otros medios de probanzas, hechos bochornosos o denigrantes. En tales supuestos debe emplearse esta prueba”.

El viejo del báculo jura haber pagado la deuda. Y dice la verdad porque el báculo contenía el dinero que debía a su acreedor. Al entregar el báculo a su adversario para que se lo sostuviera, era cierto que le había dado el dinero. Sin embargo, Sancho va más allá del artificio y ordena que se entregue la cañaheja en propiedad al acreedor. Al romper el báculo, Sancho se convenció de que el dinero prestado no había sido devuelto. No olvidemos que la prueba del pago incumbe a quien pretende haberlo efectuado. Pero el mérito de Sancho es mayor porque sin tener esta norma sobre inversión de la carga de la prueba que tanto nos facilita la labor jurisdiccional en nuestros días,  logró demostrar la falta de pago.

La experiencia de vida de Sancho le fue muy útil, al recordar el relato del cura respecto a un caso similar. La experiencia es un fruto que se cosecha con el paso de los años. No hemos de menospreciarla, antes bien, hemos de sembrarla y regarla cada día. La sentencia de Sancho al decir “Andad con Dios que ya vais pagado”, no sólo obligó al deudor malicioso a pagar contra su voluntad, como sucede al dictarse toda sentencia de condena. Fue una ejecución de sentencia instantánea. El ideal de todo demandante. La negación de la maldición gitana: “Pleitos tengas, y los ganes”.

La gente asombrada por el fallo compara a Sancho con el rey Salomón. Tras semejante comparación ¿puede considerarse a Sancho como un hombre mediocre? Considero que hacerlo sería una injusticia. De pronto Ingenieros no leyó el Quijote con ojos de jurista.  Sancho es un hombre común, y serlo no es un demérito.

En el pasaje de la mujer y el ganadero, tenemos las versiones contradictorias de la mujer, quien alegaba haber sido violada y la del ganadero que alegaba que en realidad la mujer reclamaba u mejor pago por la prestación de servicios sexuales. O sea que la mujer presuntamente deshonrada  era una  prostituta.

A fin de resolver la querella, Sancho ordena al ganadero que entregue su bolsa de dinero a la mujer. De esta manera actúa una singular reconstrucción de los hechos, medio probatorio importante en los procesos penales, llegando a convencerse de que el ganadero no tenía la fortaleza física suficiente para haber obligado a la mujer a realizar el acto sexual contra su voluntad, y que ésta movida por la codicia quería aprovecharse de la situación apoderándose del dinero del ganadero. Al ordenar al ganadero que le entregue la bolsa de dinero a la presunta víctima, y ordenarle que la recupere, Sancho descubre la impostura al advertir la primera reacción de la mujer, que impulsada por la codicia, adula al juzgador.

Cuántas veces los juzgadores nos vendemos a la adulación y nos dejamos engañar, y creyendo hacer justicia, somos sorprendidos, fallamos sin acierto, haciendo que un demandante malicioso se enriquezca a expensas de su contraparte.

Al no dejarse quitar la bolsa pese a los constantes forcejeos, es evidente que la mujer no hubiese permitido que el ganadero abusara de ella.  Asimismo Sancho toma en cuenta la declaración asimilada de la mujer , al manifestar que de ninguna manera se dejaría quitar la bolsa. También tuvo en cuenta la declaración del ganadero, quien se reconoce incapaz de recuperar por sí mismo la bolsa.

La sentencia de Sancho tiene una estupenda valoración de la prueba: “Hermana mía, si el mismo aliento y valor que habéis mostrado para defender esta bolsa le mostrárades, y aun la mitad menos, para defender vuestro cuerpo, las fuerzas de Hércules no os hicieran fuerza”. Como consecuencia de la reconstrucción, Sancho llega a la convicción de que ni siquiera el mitológico hijo de Júpiter hubiese sido capaz de violar a la mujer. Ergo, esta consintió la relación sexual a cambio de una paga, pretendiendo luego una paga mejor de la recibida, no dudando en calumniar a su ocasional amante. Abuso del derecho es pretender el pago de una retribución mayor a la convenida.

En el pasaje del puente, Sancho da otra gran muestra de ingenio, dictando una sentencia que escarnecería a más de un magistrado. Según la norma, el hombre mentiroso debía morir ahorcado. Al decir que iba a morir ahorcado, el viajero puso a sus juzgadores en un dilema: no podían ahorcarle por decir la verdad o tenían que ahorcarlo por haber mentido. Al igual que Salomón ordenó que partieran al niño que era reclamado por las dos prostitutas, Sancho, en un primer momento, señala que la mitad veraz del hombre debía morir y la mitad mentirosa debía morir. Al advertir su interlocutor que ello no era posible, en lugar de perder tiempo en un estéril análisis sobre la tipicidad de la norma, Sancho fija la cuestión en discusión o controversia de una manera muy sencilla: no pudiendo demostrarse antes de cruzar el puente si el hombre mintió o dijo la verdad, al manifestar que iba a morir en la horca, ante la existencia de una duda razonable, usando la misericordia resuelve ordenando la absolución del reo.

Mención aparte merecen los consejos que le diera don Quijote antes que fuese a gobernar la ínsula. En un pequeño folleto denominado “Administración de la Justicia ” se dice que “Dirigiéndose a los magistrados, Cervantes les invoca “Si acaso doblares la vara de la justicia, no sea con el peso de la dádiva, sino con el de la misericordia””. Y es que las palabras de don Quijote no son sólo para Sancho, son para los magistrados de todos los tiempos.

El buen Sancho, sin saberlo, aplicó el principio del in dubio pro reo. Aquel principio que es el eje fundamental del proceso, no solo penal, sino del proceso en general. No olvidemos el recurrido artículo 200 del Código Procesal Civil. Así mismo no olvidemos el in dubio por operario laboral.

El reconocimiento del mayordomo al considerar a  Sancho con Licurgo, el gran legislador de los lacedemonios, es el reconocimiento de la trascendencia de la función jurisdiccional frente a la legislativa. Los roles son distintos. El legislador crea la norma. El juez la interpreta aplicándola a un caso concreto.

Sin embargo hoy día muchos legisladores pretenden impartir justicia a su leal saber y entender. Otras veces algunos jueces pretenden legislar, cuando con motivación aparente dan cabida a curiosas interpretaciones que distorsionan el sentido de la norma, dictando sentencias arbitrarias.

Es el legislador quien debe legislar. Y el juez el llamado a impartir justicia. Cada quien tiene su lugar en el sistema democrático. Lamentablemente nuestro atávico autoritarismo surge a cada instante y nos cuesta vivir en democracia.

En los dos primeros casos, una causa civil y una querella penal, Sancho logra la finalidad de los medios probatorios y se forma convicción respecto de los hechos expuestos por las partes. En el último, en la consulta respecto de una causa penal, ante una duda razonable en las cuestiones de hechos, absuelve al procesado.

Sancho es un hombre humilde  En el caso del puente, reconoce hidalgamente que ha sido su amo don Quijote el que le ha enseñado el precepto y en el caso del viejo del báculo, que fue el cura quien le contó un caso similar.

Otro detalle que enaltece a Sancho es agradecer a Dios por haberle permitido resolver con acierto. Esa humildad salomónica que es inherente a la magistratura y que olvidamos muy de vez en cuando. Porque Sancho es consciente de sus limitaciones: es un analfabeto, un hombre vulgar, para muchos indigno de administrar justicia. No obstante ello, es un hombre que tiene sentido de justicia como cualquier persona.

Esperemos que muy pronto muchos Sanchos administren justicia en el Perú, y que la prueba pancista nos ayude a mejor resolver las controversias. Ojalá que al momento de resolver un asunto complejo, al igual que el fiel escudero del caballero de la triste figura,  nos acordemos de pedir la ayuda del Altísimo.

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