Homenaje a Dario Maldonado Zambrano

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DARÍO MALDONADO ZAMBRANO

Honor a quien honor merece

Héctor Rodríguez Espinoza*

         Nos reúne esta noche un evento singular y significativo. No es un acto, ni una ceremonia, ni mucho menos un rito protocolario más. José Vasconcelos decía que cuando se abusa de los ritos, es que se carece de virtudes. Y si acaso algo está presente en el mero centro de esta efímera cohesión espiritual, es el reconocimiento a alguien que ha hecho, de la estricta aplicación de la ley, su mejor virtud.

         Hace unos días, el Lic. Manuel Bernardo Espinoza Barragán –a cuya feliz iniciativa debemos el estar aquí esta noche- me comentó que el día 3 de este mes se cumplieron ¡30 años! Del arribo de nuestro homenajeado, a Nogales, a ocupar el puesto de Actuario en el Juzgado de Distrito. Se inicia, ahí y entonces, una carrera judicial que llega a tres décadas, con la impronta de más de una lección de rica humildad, humana rectitud, prudente energía y acendrado respeto por una investidura que habría que dignificar – como él lo hace desde entonces -, para encauzar los naturales conflictos sociales de su competencia, por el único camino civilizado que la humanidad ha ideado para su mínima armonía: el respeto al derecho ajeno, y el apego a “la buena ley”, como lo escribieron Juárez y Morelos.

         Después de su estancia en ese rincón de la patria, prestó sus servicios en el Juzgado Primero de Distrito de Hermosillo, luego en Monterrey, donde fue ascendido a Juez de Distrito, puesto con el que fue trasladado nuevamente a Hermosillo, en 1968.

         El Estado y el país vivían, entonces, momento políticos difíciles pero interesantes, que obligaron al propio gobierno y a la sociedad civil a dialogar para recomponer viejas estructuras jurídicas y políticas, y abatir rezagos sociales, producto de una revolución ya casi sexagenaria.

         Como parte de esa evolución, el Poder Judicial Federal creó Circuitos regionales, tocándole el Quinto a nuestra región, y fundándose Tribunales Colegiado y Unitario en nuestra ciudad. La judicatura federal ofrecía a nuestra entidad un mayor y mejor ámbito de acción para ciudadanos y postulantes. El foro de abogados pudo, desde ese año, ampliar su criterio y su campo de conocimientos y de acción, ante instancias de alto rango y prestigio, como lo constituyen, sin duda, el trámite del Juicio de Amparo, apreciable contribución del talento mexicano a la cultura jurídica universal, para la defensa de las garantías individuales, las libertades fundamentales y los Derechos Humanos.

         La Escuela de Derecho de la Universidad de Sonora, que recién cumplía 15 años de fundada, aportó no pocos abogados que ocupamos cargos de actuarios y secretarios, al lado de los jueces y magistrados venidos de otras latitudes del país, que la Corte designaba.

         Ya desde entonces, en el ámbito judicial de los fueros común y federal; en el foro de abogados del Estado; y en el crítico entorno académico de nuestra Escuela, se conocía y reconocía la presencia del Juez Primero de Distrito de Hermosillo. De su mente recta y de sus manos limpias.

         Transcurrieron así, años en los que la comunidad interesada del Estado nos jactábamos, ante propios y extraños, de contar con un Juez Federal de esa excepcional talla humana.

         En 1978, la Honorable Suprema Corte de Justicia de la Nación acordó su cambio para Toluca, Estado de México. Ejercía yo entonces periodismo cultural, y en las páginas del diario información publiqué la siguiente cuartilla que hoy viene al caso, si me lo permiten:

“La Ausencia de un Juez

         En una nación organizada en un Estado de Derecho como es el nuestro, uno de los pilares básicos para su estabilidad social y jurídica, es la de contar con un eficiente, eficaz y honesto sistema de justicia en los Tribunales.

         En una sociedad como la nuestra, la obtención y disfrute de una justicia pronta y equitativa, corresponde tanto a los abogados como, principalmente, a los jueces, a quienes se encomienda el sagrado deber de juzgar a sus semejantes.

         En  nuestro sistema social y político mexicano, infortunadamente, es excepcional contar con un juez que, al margen de los defectos inherentes a la condición humana, conjuga los atributos de vocación, experiencia, rapidez y honestidad. Un juez con tales atributos le significa una garantía al foro de abogados honestos, y una garantía a la sociedad misma.

         El foro de abogados honestos de Sonora y la sociedad sonorense misma, han contado con la fortuna de un juzgador de esa estatura humana y social, primero como Juez de Distrito y después como  Magistrado de Circuito, en el ámbito federal.

         En una incongruente decisión administrativa de la Honorable Suprema Corte de Justicia de la Nación, se cambia de su adscripción a ese intachable Juez, a quien me refiero.

         Comparto con el foro de abogados honestos del Estado, y con la sociedad misma – aunque ésta no esté consciente de ello -, el lamento por la pérdida, esperamos que reparable y temporal, de uno de sus más sólidos pilares de ética judicial”.

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         Luego la Corte lo adscribía a los Distritos de Tepic, Zacatecas, Monterrey, Mazatlán y Mexicali. También en esas importantes plazas marca su estilo personal de juzgar.

         En 1980 la Corte repara aquel daño institucional, lo reintegra al seno de sus nuevas raíces familiares y profesionales. Lo reincorpora al lado de nosotros y de su esposa Catalina, sonorense de bondad y sencillez, propia de nuestras mujeres; al lado de sus hijos Amir Darío, Suemi Catalina, Omar Darío y Laura Catalina, todos ellos ahora aplicados profesionistas. Su pequeño gran mundo familiar y su legítimo orgullo de compañero y progenitor.

         Aun cuando no ha ejercido la docencia en el aula escolar, sí ha desempeñado una ejemplar pedagogía a través de sus pacientes enseñanzas a quienes nos consideramos, hoy y siempre, sus discípulos; de sus oportunos y valientes Fallos en no pocos casos de su competencia y responsabilidad histórica; y, sobre todo, de su debida distancia con otras autoridades, cuyos actos ha sido menester juzgar.

         No alcanza el breve tiempo y espacio de estas notas, para abarcar las cualidades, retos, vicisitudes, experiencias, dificultades, incomprensiones, envidias, intrigas, presiones y traiciones por las que suelen pasar quienes, como él, desde la judicatura, sostienen su lucha cotidiana por la impartición de la justicia sin más armas – pero sin menos que ellas -, que el texto y espíritu de las leyes y el Derecho.

         Sonora, desde la génesis jesuita de su identidad cultural, ha sido fecundada por mujeres y varones de otras partes del mundo y del país, dotados de códigos genéticos de excepción. Así ha sido en la religión, en las bellas artes, en la educación, en la ciencia y tecnología. A la selecta nómina de esos seres humanos que dejan huella imperecedera, deberá agregarse el de quien, en la aplicación de la ley y en la administración de justicia, desde el majestuoso sitial de juez durante 30 años que valoramos esta noche, concita tanta admiración, respeto y gratitud: el Juez y Magistrado DARIO MALDONADO ZAMBRANO.

*Palabras expresadas en el homenaje mencionado.

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HOMENAJE PÓSTUMO. MEDALLA DEL MÉRITO JUDICIAL IGNACIO L. VALLARTA

En septiembre de 2000, con motivo de la entrega de la Medalla Ignacio L. Vallarta 1999, el Ministro Genaro David Góngora Pimentel, Presidente del Consejo de la Judicatura Federal y de la Suprema Corte de Justicia de la Nación expresó las palabras siguientes:

“Poetas, filósofos y juristas han dedicado infinidad de páginas a los juzgadores. Todos coinciden en que el juzgador es una parte importante para atenuar la conflictiva social.

En esta ocasión, no pretendo incrementar el número de páginas, que además han sido escritas de manera excepcional, sino sólo quiero referirme al juzgador, como a la persona que vive a diario el proceso jurisdiccional, que antepone siempre a su interés personal el interés común, que actúa con valentía al dictar sus resoluciones, a ese hombre que casi siempre permanece callado, pero que lleva por dentro un gran espíritu  de bondad y justicia.

La personalidad del juzgador se forja en la batalla diaria del análisis, el estudio objetivo, la investigación profunda de los hechos y su verificación con los supuestos normativos, hasta hallar la justicia en el caso concreto.

Un día, como sin duda ocurrió, a cada uno de los ahora juzgadores, tocarnos las puertas de esta casa de la justicia. Aquí aprendimos el oficio de hacedor de sentencias. Aquí conocimos al jefe, maestro, al amigo, que nos fue guiando, nos fue formando el carácter y nos fue preparando para la nueva responsabilidad que habríamos de emprender.

El juzgador, como toda persona que realiza un oficio, además del conocimiento jurídico, requiere de principios éticos, así como de un mínimo de garantías que aseguran el ejercicio eficaz de la función encomendada. 

El juzgador debe ser independiente, justo, honesto, valiente y poseer gran calidad humana para juzgar a sus semejantes.

Un juzgador sin independencia, es como el artista plástico sin lienzo. Un juzgador será más justo, en la medida en que la pintura que contenga el lienzo, sea producto de su creatividad y no de voluntades externas.

Un juzgador es una persona virtuosa, no cualquiera puede ser juzgador, porque juzgar es la virtud de dar a cada uno lo suyo.

Hoy, celebramos con beneplácito que el poder judicial de la federación tenga juzgadores ejemplares; juzgadores que han sabido respetar los principios éticos del Derecho; juzgadores que han sabido honrar a nuestra casa de justicia; juzgadores que han sabido administrar la justicia.

Hoy, con esta entrega de “medallas del Mérito Judicial Ignacio L. Vallarta”, reconocemos a los señores magistrados Jesús Toral Moreno, Mario Gómez Mercado, así como el finado Darío Maldonado Zambrano, quien por el esfuerzo, el empeño, la dedicación, la honestidad y la valentía que lo caracterizaron, vivirá por siempre en la memoria de los juzgadores.

Don Darío Maldonado Zambrano, nació el 19 de diciembre de 1925, en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. Curso la carrera de Licenciado en Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde obtuvo, al sustentar la tesis profesional  “La prueba hematológica aplicada a la investigación de la paternidad”, el título correspondiente.

Desde temprana edad se inclinó por la ciencia jurídica, aspiración que en el transcurso de su vida vio realizada. La vocación es un llamado interno que a cada uno de nosotros le pertenece. Cuando la vocación se materializa, como aconteció en la persona de Don Darío Maldonado Zambrano, surge un gran jurista, un juzgador, un gran esposo y padre de familia. Se crea un gran hombre.

Don Darío Maldonado Zambrano, para quienes tuvimos la dicha de conocerlo y aprender de él, será por siempre un juzgador ejemplar, un juzgador que nació para impartir justicia; un juzgador que no le temía a nada ni a nadie; un juzgador que supo siempre buscar la justicia por encima de posiciones o comodidades personales. Un verdadero juzgador que demostró su amor a la justicia.

Adicionalmente, permítanme la siguiente historia de Don Darío Maldonado Zambrano, que me narró un viejo amigo:

“En las universidades mexicanas, como en las de otros países, la juventud estudiosa se inquieta por las decisiones del gobierno y por lo que considera una política contraria a los intereses nacionales. Entonces protesta posiblemente, las protestas no son otra cosa que una consecuencia de ser joven. Hace muchos años en Sonora, la Universidad entró en un clima de protestas. Las puertas de los locales universitarios se cerraron para impedir que se impartieran las clases. Y un grupo de estudiantes arengaba el resto de sus compañeros para pedir la renuncia del rector.

El gobernador, siguiendo una antigua costumbre, ordenó que los líderes del movimiento estudiantil fueran detenidos por la policía y encerrados en las celdas de la comandancia, que en aquellos lejanos tiempos se encontraban en los sótanos del palacio de gobierno. Las órdenes fueron cumplidas el mismo día de su expedición, lo que se comunicó al mandatario, que esa noche cenaba en la casa de gobierno, con un conocido mío, que me narro la historia siguiente:

 – Como te dije, el gobernador decidió acabar con el movimiento, mandó tener a los líderes encerrados, el mismo jefe de la policía avisó esa noche que ya estaban todos los muchachos en la cárcel. El gobernador me lo comentó, cuando llegue a informarle del estado de los asuntos que me encomienda. Después, satisfecho, claramente satisfecho y evidentemente tranquilo, me dijo: “ cenamos y luego me pones al corriente de tus asuntos” -.

Yo hice señas de comprensión y lo alenté a seguir con la historia, para lo que no fue necesario mucho esfuerzo, pues lo que quería era contármela.

Continuó con el relato:

– Estábamos ya terminando cuando llamaron al gobernador por el teléfono, se levantó a contestar en la oficina que tiene en la casa de gobierno y cuando volvió me dijo: “Me informa el jefe de la policía que llegó el juez de distrito acompañado de varios abogados y familiares de los muchachos a buscarlos, porque solicitaron amparo y pidieron la suspensión del acto reclamado: la privación de la libertad y otras tonterías que nos imputan. Como el jefe es de pocos alcances, me preguntó qué debía hacer y le aconsejé que dijera que no estaban los muchachos y, para disimular, apagaran las luces, cerraran las puertas y se fueran todos lo empleados”.

– ¿Qué contestó el juez?-, pregunté yo, interesado de veras en el problema.

– Ya conoces cómo es el juez, tan delgado, con esa voz que parece cansada y dulce y esos grandes ojos negros con las córneas surcadas de venas, que siempre me recuerdan los ojos de los venados. Según me dicen, el juez, contestó:

– “¡Ah! ¿No están? Bueno, bueno, pues nos vamos.” – Y, en efecto, se fueron. Rió el gobernador, reí yo y continuamos con la cena.

Tomábamos el café y coñac en la biblioteca, cuando volvió a llamar el jefe de la policía. Esa llamada la tomó el gobernador en la biblioteca. Lo vi ponerse blanco, te lo juro, la sangre se le fue de la cara. Dijo una palabrota y comentó:

– ¿Sabes qué hizo este juez?, fue por los soldados de la zona militar, regresaron a la comandancia de policía, tiraron las puertas, todas las puertas, hasta que encontraron a los muchachos y se los llevaron -agregó con resignación-: “El mundo cambia no por lo que se dice o por lo que se reprueba o alaba, sino por lo que se hace. El mundo nunca se repone de un acto y esto lo pinta de cuerpo entero: es peligroso, un juez federal que actúa es un problema.”

 Después de este acontecimiento, al juez Darío Maldonado, se le cambio de adscripción al juzgado de distrito de Toluca. Siendo titular de dicho juzgado, le tocó conocer del asunto al que me voy a referir: La autoridad fiscal federal, con motivo del ejercicio de su facultad comprobación, procedió a revisar la instancia de un vehículo de procedencia extranjera, por haber sido introducido al país de manera ilegal. El procurador general de la república ejerció acción penal por el delito de contrabando contra el propietario. Este, logro que el procurador no desistiera de la acción, situación que al juez no le pareció correcta y procedió a enviar la documentación al congreso de la unión, para que iniciara en contra del procurador juicio político. En contra de dicha actuación, el procurador interpuso recurso de apelación de que correspondió conocer a un tribunal unitario, mismo que revoco la decisión del juez.

Seguramente, al juez Darío Maldonado, por estos sucesos se le cambio de adscripción al juzgado de distrito de Tepic, Nayarit.

Como juez de distrito de Tepic, le tocó conocer de un asunto en el que una organización campesina había invadido unas tierras, por lo que el propietario formuló denuncia ante la representación social.

Los líderes de la central campesina, de inmediato se entrevistaron el gobernador del estado para solicitarle su apoyo, haciendo la aclaración que dicho gobernador, en su juventud, había sido miembro de dicha organización, quien aconsejó a los líderes fueran a ver al juez, diciéndoles que estaría pendiente para que cuando estuvieran con el juez, hablaría por teléfono para recomendarlo. El juez al contestar el teléfono le dijo al gobernador: “Yo no estoy aquí para obedecer recomendaciones de nadie y menos del gobernador”, colgando el auricular de una manera enérgica, situación que fue observada por los líderes.

Seguramente, por este acontecimiento, el juez Darío Maldonado nuevamente fue cambiado de adscripción, regresando al juzgado de distrito de Hermosillo, sonora. Ahí tuve la oportunidad de conocer de tratar y conocer al juez Darío. Esto lo recuerdo muy bien, porque el mismo día, a Darío y a mí, los señores ministros nos nombraron magistrados. Quiero destacar que los señores ministros veían con respeto al juez Darío. Los abogados también los respetaban y admiraban por ser un juez probo e inteligente.

¡Cuántas anécdotas se pueden contar sobre Darío Maldonado!

Todo esto hace que Darío Maldonado Zambrano sea para mí un juez excepcional. Estos son los jueces que el pueblo de México quiere tener. Estos son los jueces que se requieren en el poder judicial de la federación.

Los anteriores relatos, hablan no solo de la valentía de don Darío Maldonado Zambrano, sino de su honorabilidad y su compromiso con la justicia mexicana.

Por último, citando al novelista español Blasco Ibañez, me permito expresar las siguientes palabras, en honor a un juez que nunca supo lo que es el miedo; un juez que  siempre supo defender su independencia como juzgador:

“Y el miedo, señores, el miedo es tal vez la peor desgracia de la humanidad. El miedo es el que nos hace hipócritas, insinceros, miserables y malvados. ¡Cuántas veces conocemos la verdad, la tenemos en los labios, y no la dejamos salir porque somos cobardes, porque puede más en nosotros el miedo; el miedo de oponernos a lo generalmente sancionado; el miedo de perder la tranquilidad, la libertad o la fortuna! Por el miedo dejamos que caigan los inocentes y se encubren los malvados; por el miedo halagamos al grande y despreciamos al humilde. Sin el miedo no existirían en el mundo innumerables problemas que amargan nuestra existencia; sin el miedo ¡quién duda que el mundo sería un paraíso!“.

Muchas Gracias.

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