EL BOX EN EL ESTADO DE SONORA 1929–1938. OSCAR “CHAPO” ROMO.

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Edgar Ramón Luna Meza

Conclusiones de “Campanazo inicial: La Historia del boxeo en Sonora 1929–1938”, Tesis de Licenciatura en Historia, dirigida por el Dr. Juan Manuel Romero Gil, 2019.

“A MANERA DE CONCLUSIONES.

Desde la Antigüedad, luchar con los puños se ha convertido en competición deportiva y espectáculo para la muchedumbre. Aunque los hombres de las cavernas, con toda probabilidad ya se batían a puñetazos, fue hasta su divulgación entre los griegos, donde el pugilato alcanzó prestigio y popularidad. La civilización helénica, al igual que a sus costumbres religiosas, lo dotó de un comienzo mítico. Atribuyeron la leyenda de su origen, al vencedor del Minotauro, el rey griego Teseo. Dentro de los helenos, logro convertirse en uno de los principales números de todos los juegos atléticos y como hemos visto, obtuvo su lugar entre las competencias olímpicas.

Los romanos también se adhirieron al fervor por las batallas a golpes con las manos. El emperador cristiano, Teodosio I el Grande fue el encargado de poner fuera de combate por miles de años al boxeo, después de la Olimpiada de 393 d.C. El deporte, como se le conocía en ese entonces, hubo de perecer. Quedaron atrás los pleitos sin límite de tiempo, las manos revestidas de cuero y plomo, cuyo impacto causaba heridas letales.

Tras la desaparición de tan rústico pugilato, los siglos quedaron huérfanos de personajes que supieran imponerse a sus semejantes por la fuerza de sus puños, esta actividad parecía perderse en el olvido.

Fue hasta el siglo de las luces cuando vuelva a iniciar la aventura del pugilato en Inglaterra. Este nombre de raíces latinas se ve reemplazado por el vocabulario anglosajón. A partir de este momento, podemos hablar de Box. El boxeo, al igual que otras áreas de la cultura, entra en relación con las corrientes del pensamiento de la época. De manera paulatina se introducen reglamentos para que los combates tengan orden, limite y el castigo sea menos doloroso para el peleador y el espectáculo menos grotesco para el público, de lo que fue en tiempos de los griegos. A su vez, el estilo de combatir, adopta ritmo y cadencia, estilo geométrico de desenvolverse sobre el ring.

El reglamento del marqués de Queensberry de 1867 es el documento definitivo para uniformizar la conducta de los púgiles. Este código obliga a seguir ciertos parámetros en los momentos previos y al momento de combatir. Así, al boxeo se le otorga una forma definida por la que debe conducirse, aunque su implementación se cumple poco a poco, no de manera inmediata. A este paso, le sigue el arribo a los Estados Unidos, donde logra establecerse como el deporte de mayor popularidad en los primeros años del siglo XX.

Al término de la primera guerra mundial, su éxito alcanzo la cumbre en Estados Unidos. Su popularidad empieza a extender su órbita hacia los países del continente americano. Es en la década de los veintes cuando comienzan a surgir ídolos latinoamericanos. El argentino Luis Ángel Firpo peleaba por el campeonato mundial de los pesos pesados. El panorama en México, lo domina el peso pluma Alfredo Gaona, de destacada actuación en la Olimpiada en Ámsterdam de 1928, aunque sin alcanzar el podio.

A finales de la década, el boxeo debuta en Sonora. Hermosillo se torna el punto central de las actividades, aunque en el resto del Estado, en especial, Guaymas, Cajeme y Nogales, se presentaban funciones esporádicas. Toda una odisea resultó instaurar el boxeo en la capital, pero cuando se logró, el movimiento boxístico comienza a sobrepasar las barreras del espectáculo, para involucrarse en el día a día de los hermosillenses, por veinticinco temporadas consecutivas, durante el periodo que abarca de 1933 a 1958.

Así, remover el proceso de formación cultural desde el punto de vista del deporte, en el caso concreto del boxeo, nos pone en la opción de vislumbrar la sociedad desde sus actividades cotidianas, sus formas de recreación y esparcimiento. Explorar el sentir y el pensar del pueblo a través de un espectáculo que se convierte en productor de sentidos: Un modo de concebir la existencia, relacionarse con sus semejantes y adaptarse a los valores de la modernidad. Estar acorde con los patrones del primer mundo, al menos en materia deportiva, aunque con las singularidades propias de nuestra esencia nacional, étnica y fronteriza.

Asimismo, la óptica puede ser distinta, así como se puede observar la cultura desde los espectadores, también es posible analizar el fenómeno deportivo-cultural desde la influencia que tuvo el boxeo en la construcción urbanística de Hermosillo, la edificación de inmuebles, algunos ya extintos y otros que aún permanecen en pie. Unos nos introducen al mundo del confort, como el Cine Arena en los años cincuentas, otras contribuyen a crear el entorno actual en el caso del Museo y Biblioteca de la Universidad de Sonora, centro de estudio y actividades artísticas.

Después del triunfo de Tony Mar sobre Rodolfo “el chango” Casanova, las oportunidades y el prestigio del boxeo sonorense aumenta, a partir de entonces inician los años dorados para los peleadores locales. Hacen irrupción en la capital del país, ante rivales de probada calidad, comienzan a relacionarse con la farándula de espectáculo mexicano. La aparición de Paulino Montes nos lleva hasta las puertas del Madison Square Garden, centro por excelencia del entretenimiento, donde se dan citas las luminarias de mayor fama internacional.

A partir de estos eventos se abren múltiples vías de acceso para continuar con la investigación, sin olvidar la línea trazada en este trabajo que parte desde una reconstrucción histórica de los hechos que permitieron disfrutar a los hermosillenses de funciones de boxeo por casi treinta años de ininterrumpida labor. Además de incluir los perfiles descritos y extraer de las anécdotas o historias de vida de los púgiles, las circunstancias que hacen tan especial su desarrollo y son la guindilla del pastel en cuanto a esto se refiere.”

DE ARQ. OSCAR “CHAPO” ROMO

LO BLANCO, LO NEGRO Y LOS TONOS DE GRIS

Pertenezco a una generación en muchos sentidos privilegiada. Habiendo nacido en 1937 aquí en Hermosillo, me ha tocado de suerte presenciar y participar de toda clase de cambios: Sociales, culturales, tecnológicos, científicos, urbanísticos, ecológicos… en fin, el amplísimo espectro de fenómenos de transformación que puede experimentar una sociedad como la nuestra, una ciudad como la nuestra.

Vi la luz primera en la casa de mis padres, sito en la esquina de la antigua calle Comercio (hoy Sufragio Efectivo) y el callejón Álvarez, justo al costado Oriente del edificio principal que ocupa el diario EL IMPARCIAL (tal vez de ahí la querencia).

Hermosillo era en aquellos años un pueblo más o menos grande que quería convertirse en ciudad.

Pero ese proceso habría de ser lento, muy lento. No se vislumbraba aún el detonador que impulsaría la transformación del soñoliento Hermosillo de mi infancia en la pujante, aunque caótica y violenta, ciudad que hoy es.

Ese detonante haría su aparición catorce o quince años más tarde, allá en los albores de la década de los cincuenta del siglo pasado, cuando sobrevino el “boom” de la Costa de Hermosillo.

Sólo había unas cuantas calles pavimentadas, todas en el llamado “Centro” de la ciudad: Serdán, Vildósola (hoy Elías Calles), Matamoros, Juárez, Garmendia, Yáñez, Rosales, Monterrey, Jesús García y algunas otras.

El resto, calles de tierra, muchas de ellas sin banquetas, pero llenas de perros, carretas de tiro animal y hoyos, muchos hoyos. Hermosillo llegó a ser considerada la ciudad más limpia de México. Usted dirá si hoy podemos presumir de lo mismo.

La pequeña mancha urbana en la década de los cuarenta cubría de la estación del ferrocarril por el Norte hasta el lecho del Río Sonora por el Sur, y desde el Parque Madero por el Oriente hasta la calle Rosales por el Poniente. Como podrá usted ver, en verdad se trataba de una ciudad sumamente pequeña.

Pero en ella se vivía razonablemente bien, quizá porque no había demasiadas exigencias. La gente era amable, sencilla, hospitalaria, alegre y trabajadora.

El principal medio de transporte era el ferrocarril, ya que el automóvil estaba reservado sólo para los pudientes… que no eran muchos en aquel entonces.

El avión comercial era todavía poco utilizado y los autobuses prácticamente no existían. Hermosillo se encontraba prácticamente incomunicado, para todo efecto práctico.

Otro medio eran los periódicos, en aquel entonces EL IMPARCIAL, El Regional, La Opinión, El Monitor y El Pueblo, aunque no existiendo de manera simultánea, sino en momentos diferentes. Y el teléfono, que era rústico, muy limitado y exclusivamente con base en operadoras.

Pero como dije, se vivía bien, a pesar de las limitaciones. Las principales diversiones eran el cine y la radio… y los bailes. De vez en cuando llegaban circos y carpas y algunas “caravanas artísticas”, pero sólo muy de cuando en vez.

El Carnaval de cada año era un evento muy esperado y disfrutado. Así que básicamente la radio y el cine, aquel cine incipiente que acababa de dejar de ser mudo para volverse parlante y, por supuesto, únicamente en blanco y negro.

Había sólo tres cines: El Noriega, el Nacional y el Lírico. De los tres sólo el Noriega estaba techado, los otros dos eran al aire libre. Había beisbol llanero y la antiquísima Liga de Sonora. Y las funciones de box que mi padre Óscar Romo Kraft “El Zorro del Norte” presentaba todos los viernes en aquellas viejas arenas como la Arcadia, la Royal, la Juárez y años después la Sonora y el Cine Arena.

Con el correr del tiempo y los cambios ocurridos en el ámbito socioeconómico, Hermosillo se ha transformado de manera asombrosa, y no necesariamente para bien. Al menos no todo lo que ha llegado con el desarrollo y el crecimiento ha sido benéfico o positivo.

Hoy Hermosillo es una ciudad grande, aunque no una gran ciudad. Hay mucho y de todo: Cines, teatros, palenques, centros nocturnos, museos, salas de conciertos, estadios deportivos, espectáculos de todo tipo, variedades, bares y una nube de cantinas, loncherías-prostíbulo, expendios de licor legales e ilegales y hoteles de paso a pasto, algo jamás visto en otras épocas.

Vicio, disipación, desorden, concupiscencia, drogas y una violencia que sobrecoge y atemoriza, porque está por doquier. De día y noche, a todas horas.

Los grandes inventos y avances tecnológicos son impresionantes. De aquella época en que sólo se conocía la radio, el cine y el fonógrafo, en menos de 50 años pasamos primero a la estereofonía, a los discos de 45 y 33 RPM y luego a las grabadoras de 8 tracks y enseguida a los casetes, luego al disco compacto y rápidamente al MP3 y el iPod.

Las viejas máquinas de escribir mecánicas fueron sustituidas por las eléctricas y después llegó el invento de inventos: La computadora, la herramienta que llegó para hacerle la vida más fácil al ser humano… y a la vez para complicársela, al grado de apoderarse de toda la vida económica, científica, comercial, bancaria y personal en el planeta. El mundo actual gira en derredor de las computadoras y no se sabe hasta dónde habremos de llegar por este camino.

Paralelamente hace su aparición la telefonía celular que también parece haber apresado a la humanidad en sus redes. Hoy en día hasta los niños de 8 y 10 años ya traen su celular y ¡con cámara y conexión a Internet!

Los maestros en las escuelas y los papás en los hogares tienen que enfrentar una serie de situaciones de alto riesgo que se presentan por el mal uso que están haciendo los chamacos de los celulares con cámara y conexión a la red.

Pero es en las computadoras donde se encuentran los principales riesgos y peligros. Ahora que cualquier chamaco o chamaca conoce el manejo de una computadora, han empezado a surgir unos sitios denominados “metroflog” que cualquier “morro” puede crear para sí mismo, iniciándose una intrincada red de contactos que generan toda case de comunicación, desde la más inocente hasta la más ominosa.

En muchas escuelas -públicas y privadas- los maestros se han empezado a percatar con alarma del grado de violencia que se utiliza en algunos sitios de ésos, y también de su contenido sexual, casi pornográfico.

Obviamente tanto padres como maestros no encuentran aún la forma de controlar y contrarrestar este tipo de situaciones.

Sin duda hemos avanzado mucho, muchísimo. Hoy el promedio de vida rebasa los 70 años y podemos gozar de tratamientos y medicamentos maravillosos, así como de aparatos y herramientas muy útiles. Pero, ante lo que antes le platicaba… ¿No sería bueno detenernos un poco y estudiar el rumbo que llevamos y hacia dónde vamos? ¿No sería bueno que fuéramos nosotros los que decidamos cómo y hacia dónde ir; y no las modas, las nuevas costumbres… y las máquinas, por prodigiosas que sean?

RECUERDOS DEL VIEJO CENTRO

Antes de entrar en materia en este primer escrito del 2012, quiero tratar de justificar el relativo alejamiento en que tanto mi esposa María Emma como su servidor estuvimos de este amado rincón. En nuestro descargo diré que, como tantos otros, nos dejamos envolver por la magia de la Navidad, y en nuestro caso por la llegada de nuestros hijos y nietos que radican en México, D.F.

La chorcha se hizo con ellos y los que viven aquí en Hermosillo.

Nuestra casa se llenó una vez más de música, risas, aromas que brotaban de la cocina y, en fin, el calor de la familia reunida una vez más nos embargó por completo. Ya han pasado esos días maravillosos y tan sólo nos quedan los recuerdos para acompañarnos hasta que volvamos a estar juntos…

Pero la devoción perdura y persiste, y aquí me tiene usted saludándolo con el gusto de siempre, para charlar sobre uno de mis temas favoritos: Mi ciudad, nuestra ciudad si usted es hermosillense, y dentro de ella la parte con la que estoy íntimamente ligado: El Viejo Centro de mis amores y de mis dolores.

El dolor de verlo tan abandonado y decadente solo hace crecer en mí el profundo amor que le tengo.

Antes de que llegara la Navidad, un día me armé de valor y me fui al “Centro”, como le llamamos los viejos hermosillenses al entorno del Mercado Municipal #1 que, como era de esperarse, se encontraba pletórico de gente.

Esa es la zona comercial de la ciudad de mi infancia, cuando siendo aún un chamaco pre-púber acompañaba a mi mamá al mercado para ayudarle a cargar la bolsa de ixtle con el mandado… En aquel entonces vivíamos por la calle Garmendia, entre la Sonora y la Yucatán (hoy Colosio) así que el mercado no quedaba muy lejos de nuestra casa y además era mi obligación ir con mi mamá para ayudarle.

Pues como le iba diciendo, recientemente fui al Centro con la intención de explorar la infinidad de tienditas, tanichis, jonucos y puestos ambulantes que existen en esa zona de la ciudad. El caos era y es impresionante y faltan años, muchos años, para que llegue la ansiada regeneración de lo que se conoce como “Zona Histórica” de la ciudad. Pasa el tiempo, se suceden las administraciones municipales y el Centro Viejo sigue igual, con sus vicios, sus deficiencias y rezagos de toda la vida, que se acentúan conforme transcurre el tiempo. El viejo y amado Centro que, siendo el corazón del Hermosillo de ayer, a nadie parece importarle un rábano… excepto a quienes llevamos a Hermosillo clavado en lo más profundo de nuestros corazones.

Al llegar, hice un gran esfuerzo por bloquear mi mente para que los recuerdos no me arrancaran lágrimas de los ojos. Viven aún en mi mente las viejas tiendas hace mucho tiempo desaparecidas: La Parisiense, la Casa Romo, la Ferretería Puebla, la Cosalteca, la Abarrotera de Sonora, la Casa Oloño, El Progreso, la Casa Duarte, la Zapatería Cabanillas, El Paso (la única de aquellas tiendas que aún permanece), la Óptica Morfín, la joyería La Violeta, el café Boulevard, la Botica del Pueblo (otro sobreviviente) la Botica Nueva, la Mex Suiza de Occidente, el Café San César, el Taller Zambada, los hoteles De Anza y Laval, y la infinidad de puestos dentro del mercado y en la periferia, tales como el puesto de pescado y mariscos de Salazar, el café de La Elvira (que aún existe), los abarrotes del señor Piña, el Regalo y, en fin, todos aquellos sitios que son imposibles de olvidar para quienes vivimos el Hermosillo de la década de los 40s y principios de los 50s.

Unos pasos más allá y un poco más tarde llegué a la calle Serdán que, según dicen los historiadores, en un tiempo llevó el nombre de “Calle de Don Luis”… vaya usted a  saber. A mí me tocó conocerla desde mi primera infancia con el nombre que hoy lleva. Esta calle rezuma recuerdos por todos sus rincones. Vieja, descuidada, llena de locales abandonados y clausurados con tablas, semeja una calle de cualquier pueblo fantasma… sólo que se trata de la que alguna vez fue la calle más importante de la ciudad; la calle donde se localizaba el nervio vivo de una ciudad pequeña y plácida que soñaba en convertirse algún día en una ciudad moderna, aunque tremendamente complicada y conflictiva.

Sin pretender nombrarlos a todos, por mi mente desfilaron los inolvidables lugares y comercios desaparecidos largo tiempo atrás: El Club Atenas, allá en el inicio de la calle frente al monumento a Jesús García que la preside hacia el oriente. Luego la refaccionaria Romandía, hoy en ruinas. Gutiérrez Hermanos, la radiodifusora XEHQ, la botica Reval (Reyes-Valenzuela), el Pasaje Seguros del Pacífico (hoy clausurado en su acceso por la Serdán), Motores de Sonora de don Alfonso Tirado, la Botica Nueva de Carreón, la primera Casa Romo, por supuesto el Café Pradas, La Sorpresa de doña Elsa Rebling de Banderas, el Mercado Alemán (después Casa Morales Hnos.), el Café Boulevard que luego daría lugar a la ampliación de Mazón Hnos…. montones de lugares que estuvieron y luego se fueron, dejando sitio a otros que más tarde ocuparon sus lugares. Me faltan muchos, pero el espacio no alcanza… y la memoria menos.

La Botica del Pueblo, seguramente el establecimiento más antiguo que aún funciona en esta ciudad. La farmacia Cruz Roja de Matías Cázarez que hacía el uno-dos con el expendio de la Dulcería Romo, el Banco de Londres y México, la Dulcería Zamorano, la tienda de ropa Las Novedades del “Tigre” Encinas, la Mueblería América de los Salazar Erbe, la Botica Regis de Filomeno Suárez, el billar XX de don Ángel Ramos, la refresquería El Oso Blanco de don Cata, La Moda de las señoritas Romandía, la Librería Lizárraga, el Banco Ganadero y Agrícola, la Mercería de la Paz, el hoy ruinoso Edificio Ferreira con sus locales comerciales en planta baja y departamentos de vivienda en los pisos 2 y 3. El negocio de línea blanca de don Pancho Ceceña, el Club Tribilín del Güero Osio, la Escuela Prevocacional, la peluquería de Delfino Espinoza, la Wells Fargo, las librerías Renacimiento y Mexicana, la Remington Rand del “Tombo” Búrquez, La Agencia de Mexicana de Aviación, la Peluquería Los Amigos, el Edificio Loaiza, el Edificio Federal con el correo, el telégrafo y las oficinas de Hacienda (en la Planta Alta, donde despachaba el general Eduardo García), la tienda de regalos Bona, y finalmente la cantina La Pagoda del “Niní” Vizcaíno, en la parte sur del Hotel Arcadia desaparecido a causa de un incendio.

Siguiendo hacia el oeste, el Edificio Sonora, la Logia Masónica, el changarro de “Los Chapos”, que luego se cambiaría a la esquina del Callejón del Burro y la Calle de la Carrera, donde más tarde se construiría “La Muralla”, o sea el viejo Casino de Hermosillo que llenó una larga y hermosa época en la vida social de la ciudad. La cantina “La Bohemia” (la original, propiedad del “Chato” Miranda), Sonora Motor de los hermanos Carlos y Julio Escalante, y párele de contar. Más allá hacia el poniente seguían las huertas y el monte abierto… Hermosillo era en aquellos años un puñito apretado, risueño, fragante, alegre y amigable.

Salvo dos o tres sobrevivientes, todas aquellas tiendas y comercios han dejado de existir, y de ellas solo quedan recuerdos en las mentes de los viejos hermosillenses que aún quedamos con vida. El viejo y querido Centro Viejo de nuestra ciudad sigue ahí, mostrando a propios y extraños los estúpidos desatinos que las administraciones municipales, tanto las pasadas como la presente, que han fallado lamentablemente en sus intentos por regenerarlo. Intentos fallidos porque ninguna administración, ningún alcalde de esta ciudad, ha tenido el tino de empezar por donde se debe empezar, si en verdad se desea emprender la labor titánica de devolverle a la llamada “Zona Histórica” de la ciudad capital, la auténtica imagen tradicional que le corresponde, y que criminalmente se han empeñado en convertir en algo que nunca fue y nunca ha sido.

A pesar del lamentable estado en que se encuentra, cuando se le ve a través del tamiz amoroso de quien lo disfrutó a plenitud, de quien recorrió mil y una veces sus callejuelas, de quien aspiró sus olores y vivió momentos inolvidables en todos sus rincones, el Viejo Centro sigue siendo hermoso, con todo y su decadencia y con todo y el olvido inexcusable en que lo tienen los ayuntamientos que llegan y se van, sin emprender la tarea impostergable tarea de amor que esa venerada zona de la ciudad está pidiendo a gritos.

OSCAR “CHAPO” ROMO Y EL BOX

Oscar Romo Salazar

2016-03-17

Por Enguerrando Tapia / El Regional

Introducción por Óscar Romo Salazar:

Hoy no habrá grilla en este espacio periodístico, ni denuncias, ni “acalambramiento” de políticos y funcionarios, ni mensajes directos o subliminales. Sobra tiempo para dedicarlo a esos menesteres. Hoy quiero ofrecer a mis lectores una joya extraída del cofre de mis tesoros, del archivo de mis nostalgias más preciadas. Una columna de mi inolvidable y desaparecido amigo Enguerrando Tapia, que en sus principios como periodista escribía sobre deportes, antes de convertirse en el máximo exponente de sus tiempos como columnista político, donde desarrolló un estilo agresivo y punzante que hizo escuela… De entre los que andamos entre la tercera y la cuarta edad ¿quién no lo recuerda? Hoy, 63 años después de publicada, aquí tienen una de las muchas columnas que “Dando Guerra” le dedicó a mi padre, el verdadero y único “Chapo” Romo, llamado también “El Zorro del Norte”, ya imaginará usted por qué motivos.

Decisivo para el box local fue el regreso del “Chapo” Romo (Por Dando Guerra / octubre de 1953)

Hace unos meses que Hermosillo se encontraba aún sin box. Los viejos aficionados al deporte de los guantes hablaban de la falta que les hacía el rudo deporte de las orejas de coliflor. Los jóvenes ansiaban volver a presenciar aquellos agarres singulares que llenaban hasta el máximo de su cupo la pequeña Arena Sonora. Unos decían que el box sonorense había muerto y otros suspiraban porque Oscar Romo, que entonces se encontraba encargado de cuidar su granja, inyectando gallinas y vendiendo blanquillos, abandonara la paja, el maíz y los gallineros para meterse otra vez a la formación de peleadores. Los que en un tiempo habían hablado mal del Chapo Romo y que lo habían tratado de tramposo y mil cosas más, comprendían al fin que Romo significaba para la fistiana sonorense tanto como la savia para las plantas; es decir, que para buscar el resurgimiento, entiéndase bien, el resurgimiento del box en estas tierras se imponía la presencia de un individuo con agallas, con inteligencia, dado a tratar con los impulsivos tipos que practican el gentil deporte del Marqués de Queensberry.

Oscar Romo, el hombre que hizo peleadores a chamacos como Tony Mar, Chucho y Memo Llanes, Paulino Montes, Kid Filipino, Kid Espontáneo, Eloy Rentería, Regino Águila, Tiburón Sosa, Memo Garmendia, Chucho Mendoza, Babe Escobar y Babe Escalante y tantos y tantos más.  Oscar Romo, el individuo que vio pasar frente a su mirada escrutadora y lista para descubrir facultades a un Baby Yoriguin, Chucho Ángeles (como gusten), que podía haber sido superior a todos los antes mencionados, pero que solo y tontamente se hundió con todo y sus brillantes facilidades en el abismo del vicio y la vagancia… ese mismo Chapo Romo el que estaba “decepcionado” del box al ver la sarta de malagradecidos y de marihuanos que habían hecho su torpe cubil de la Arena Sonora… tuvo que hacer de tripas corazón y dejándose llevar por una fuerza, que como era del corazón, podía más que su mismo raciocinio y acababa con su voluntad, volviendo a los cuadriláteros para seguir ese olor a brea y a cuero mojado y a sangre y ese recuerdo de las pullas del populacho enardecido y volver a la vez a tratar de sacar a la fistiana sonorense de ese lodazal intransitable en donde estaba terriblemente estancada.

Cuando Oscar Romo prometió volver al box tuvo una entrevista con José Alberto Healy y le dijo que pensaba construir una especie de gimnasio, en donde brindar fiestas deportivas al público, ya no únicamente de box, sino de patinaje, de lucha libre, etcétera; que para ello contaba con el ofrecimiento de la Cervecería de Sonora, que en otras ocasiones, había cooperado con él para levantar ese edificio, modesto y pobretón al principio en donde albergar el sueño más caro de su vida. También dijo Romo que se prometía a sí mismo y a la afición dejar bien establecida la escuela de un boxeo decente, sin borrachos ni marihuanos, con un establecimiento dedicado a enseñar a los muchachos los rudimentos de la defensa personal, aunque no aspiraran a dedicarse de lleno a ganar el pan diario sobre los rings.

Oscar Romo ha cumplido sus promesas enunciadas en el segundo párrafo. El boxeo que hasta ahora ha presentado basados en estrellas sonorenses como Baby Escalante y Chucho Mendoza, individuos alejados de las borracheras y en Memo Garmendia (un poco menos deportista, pero “capitalino” al fin), así como en otros estrellas locales, trayendo peleadores como Jorge Castro, Tex Ozuna, Pete Álvarez, Babe Padilla y otros, así, creemos que Romo ha sabido portarse bien; sobre todo, nos agrada ver que la verdadera caterva de tipos sin oficio ni beneficio que rodeaban a Romo se han alejado de él, haciéndole más respirable el ambiente y el Chapo sólo, con su indispensable Gordo Figueroa que le ayuda cantidades, está rehaciendo el box en Hermosillo. Chucho Llanes, el más correcto de los peleadores hechos por el Chapo (sin excluir a Baby Escobar que es todo un caballero), está cumpliendo la segunda parte, ya que no son pocos los pitiqueños que han recibido del “maestro” Llanes preciosas enseñanzas boxeriles. Ahora, en lo que respecta a la arena-gimnasio que constituye el sueño dorado de Oscar Romo, allí sí que no ha cumplido, pero, cuando menos, nos ha dicho la causa primordial de su falta de cumplimiento y nos ha hablado también de sus mejores propósitos para más adelante… Eso será nuestro tema para mañana… Dios mediante.

Romo necesita el respaldo de la afición

Como decíamos ayer, el Chapo Romo ha cumplido la mitad de lo que prometió al regresar a los dominios de la fistiana sonorense, pero la segunda parte de sus deseos y la parte misma que está llevando a cabo, se encuentran en sumo peligro de terminar desastrosamente. El objeto de este último artículo sobre el regreso de Oscar Romo a los rings, lleva implícito el deseo de dejar establecidos, firme y definitivamente, algunos porqués desconocidos para el público hermosillense y que éste debe y necesita comprender para juzgar la obra de Oscar Romo.

El sueño dorado del “Chapo” Romo es levantar una arena modesta, pero con los últimos adelantos en materia de locales dedicados al deporte, en donde presentar sus clásicas funciones de box, entrenar a los nuevos peleadores, dar facilidades a los que quisieran aprender a boxear y, además, si había posibilidades, presentar de cuando en cuando espectáculos deportivos de distinta índole, agregando una cancha móvil de basquetbol y volibol para uso de la juventud de esta capital. Lo más parecido a un gimnasio que le estamos pidiendo desde tiempo inmemorial a don Ignacio Soto quien, a propósito, no nos ha contestado nada al respecto; esa es la idea y el sueño y la ilusión de este individuo que desde hace más de 20 años anda metido entre la brea y los guantes de box.

Para lograr el éxito en sus intenciones, a todas luces benéficas para Hermosillo, el Chapo Romo contaba según nos dijo, con la promesa de cooperación que le habían hecho los propietarios de la Cervecería de Sonora SA, los hermanos Hoeffer, de facilitarle la adquisición de un terreno cerca del Jardín Juárez en donde el club o centro deportivo de sus sueños, fuera algo céntrico, llamativo y con las suficientes facilidades para interesar al público. Esa era la esperanza máxima de triunfo de Oscar Romo y, eso no nos lo dijo él, pero nosotros nos atrevemos a exponerlo, ya que tiene tres meses de haber dejado casi abandonadas sus gallinas y sus gallineros y ahorita es hora de que todavía no ve nada claro en cuanto a la facilitación del multicitado y multideseado terrenito para la arena.

Al ver Oscar Romo que la cooperación ansiada no llegaba aún y que la falta de un local céntrico ya que el Cine Arena donde hasta ahora se ha venido peleando no llena las exigencias del deporte y del público, ha pensado en entrarle él solo al toro. Aunque nosotros opinamos que debería de esperar siquiera a que los Hoeffer le resuelvan definitivamente, el Chapo quiere ver pronto resurgir el box local y quiere volver a deleitarse con los llenos completos y con las peleas duras y con los gritos y la animación, por eso es que el Gordo Figueroa recorre afanoso todas las calles de la ciudad y va al Ayuntamiento y va al Catastro, buscando un lote que le renten o le vendan al Chapo para que pueda llevar a cabo sus un poco alicaídos planes.

Ahora bien, cuando Romo volvió al box no lo hizo únicamente por su amor al deporte: lo alentó el fracaso de Chucho Llanes como promotor, ya que para que un tipo como Llanes, todo vergüenza y amor al deporte fracasara, se necesitaba que la fistiana en Hermosillo estuviera pasando por una verdadera fiebre intestinal. Y Romo, llamado a voces por los fans locales de hueso colorado y haciendo caso también de los gritos que su sangre de luchador y de viejo zorro de los rings le daba, al pegar brincos dentro de sus venas, entonces Oscar Romo urdió la trama, esa formidable trama que proyecta un brillante porvenir para el deporte en Hermosillo. Se le prometió ayuda y cooperación pero no se le ha cumplido. El prometer no empobrece dice el proverbio.

Como se supone y además es cierto, que el directo beneficiado con el triunfo de las ideas y con el regreso de Oscar Romo es el joven y el aficionado Hermosillense, entonces, obligan la decencia y la hombría de bien a poner nuestro grano de arena para que ya que don Nacho no demuestra deseos de hacernos el gimnasio, ayudar al Chapo Romo a que, a base de fibra y voluntad y funciones de box (cada dos semanas por el beisbol), junte su dinerito que, sin duda alguna, pronto estará convertido en una segunda edición de aquella Arena Sonora, donde el Chapo tanta gloria, aplausos y pesos cosechara. Chapo: Ojalá que tu regreso sea para bien del deporte de Sonora y que los sonorenses sepan apreciar en lo que vale tu labor…

Agradeceré su comentario a: [email protected]

En Twitter soy @ChapoRom

ALGUNOS CHANGARROS DE HERMOSILLO

PAREDES DE ADOBE, TECHOS ON VIGAS, CARRIZO Y TIERRA: RELATO DEL HERMOSILLO VIEJO

Vicente Calvo, un viajero español que en 1842 estuvo de visita en El Pitic, nos describe la vida y arquitectura de esta ciudad que, entonces contaba con 13 mil habitantes

Enrique “Kiki” Vega Galindo

En el año de 1842 visitó Hermosillo un señor de nombre Vicente Calvo quien realizó un manuscrito bastante interesante de cómo lucía este rincón sonorense por aquellos lejanos años de nuestra historia. Es un tratado que consta de doscientos setenta y dos hojas. Consta de prologo e introducción. El Capítulo IX está dedicado a describir a Hermosillo y su gente en los años de 1840 a 1842.

Este trabajo de investigación fue publicado en España en el año de 1843. Forma parte de los documentos protegidos por la Biblioteca de Madrid. Al llegar a este lugar al cual el nombra El Pitic porque asienta que así se llamaba, le pareció que la gente tenía cierto aire morisco. Con casas de un solo piso, formando calles rectas. Dispuestas en manzanas cuadradas.

Algunas buenas casas, estaban rodeadas de casitas miserables. A veces una sola casa ocupaba media manzana. Siendo las fachadas lisas y tristes, con un solo zaguán de puerta enrejada que daba acceso a un patio interior con un corredor rodeado de macetas con flores y pequeños jardines. Alrededor del corredor protegido por un techo y sostenido por arcos de ladrillo y madera, se ubicaban los cuartos que ocupaban las familias. Y las cocheras a su alrededor.

Las ventanas de las casonas rasgadas desde el techo hasta el suelo, eran protegidas con rejas de fierro. Algunas con muchos adornos o labores. Las paredes de adobe o ladrillo y los techos con vigas, carrizo y tierra, les daban apariencia, pero en general estaban mal empedradas, con piso irregular, extremadamente fangoso y resbaladizo en tiempos de lluvia.

Las tiendas o comercios eran abundantes y bien surtidas de mercancías extranjeras y del país. Permaneciendo abiertas hasta las nueve o diez de la noche, teniendo en cada puerta un farol encendido, que cuando cerraban se apagaba, quedando la población completamente a oscuras o en tinieblas.

La Plaza de El Pitic era de regular extensión, con buenas casas a su alrededor, que le daban una vista agradable. Frente a ella se encontraba la iglesia parroquial (ahora Catedral), bastante deteriorada, cuya construcción era de una sola nave, sin cúpula ni torre y decorada con sencillez en su interior.

Había además dos capillas, una fuera de la población llamada San Antonio a donde iban de paseo los vecinos de El Pitic y otra en uno de los barrios alejados del centro, recién construida, de arquitectura mixta, elegante, con pinturas de colores vivos y alegres, considerada como la mejor de Sonora. Era la Capilla del Carmen, que pertenecía a Don Pascual Íñigo, rico comerciante, quien la hizo construir para darle gusto a su mujer.

La Casa de Moneda (donde están la Oficinas de Correos y Telégrafos) de apariencia mezquina, estaba situada en una parte retirada de la población. El Mercado popular estaba surtido con pescado, frutas y legumbres. En los días de fiesta, solía ser muy concurrido, encontrándose entonces vendedores de flores, esencias y perfumes, que eran de mucho consumo en el Pitic.

Según la apreciación de aquel viajero español, cuando se llegaba del sur, presentaba el aspecto de un desierto que comenzaba a ser habitado, pero que si se entraba por el norte, parecía que se llegaba a una gran ciudad edificada sobre un modelo oriental, que poco a poco se semejaba a población europea de confusa y discorde arquitectura.

Por los datos proporcionados en este manuscrito, sabemos que el Pitic tenía en 1832 de ocho mil a nueve mil habitantes, habiendo sido de una década el aumento muy considerable, pero según el censo oficial de 1841 dio un registro de trece mil, siendo el lugar más poblado de Sonora. Aproximadamente una cuarta parte de aquellos habitantes eran considerados de raza blanca y el resto de mestizos e indios. A juicio de aquel visitante extranjero, la timidez de los indios residentes en El Pitic tenía su origen en la degradante situación en que vivían; en cambio, los mestizos, en sus acciones y movimientos expresaban su libertad e independencia.

11 Hillo GenteSe les daba en aquella época el nombre de léperos a las personas entregadas a la holgazanería y los vicios. Muy dados a los juegos de azar, la estafa y el robo. Por lo común no tenían hogar, vestían calzoncillos de jareta y su cama era una frazada que llevaban al hombro. Iban de una población a otra. Algunos tenían habilidad para tocar algún instrumento musical, bueno para cantar y dado a criar gallos de pelea. Sus mujeres arrabaleras, generalmente dadas a la prostitución, entregadas a la embriaguez, hacían el comercio de su cuerpo por precios ínfimos. Se vestían con enaguas y una especie de tápalo de figura cuadrilonga, dejando parte de las piernas, los brazos y los pechos descubiertos. El mayor lujo para ellas eran los zapatos, pues los usaban de rasó o algo que se le pareciera e invariablemente con tacón.

No obstante que El Pitic era en 1842 una población de más de trece mil habitantes. Vicente Calvo nos dice que no se encontraban en los paseos, ni en los lugares públicos aquellas mujeres que por sus trajes y maneras indecorosas hacían alarde de disolución, escándalo común en la Ciudad de México y en otras ciudades de la República. Tampoco se veían estas señoras en las esquinas ofreciendo sus favores, pues las cortesanas eran pocas y hacían sus negocios por medio de mensajeros, permaneciendo en sus hogares sin insultar la decencia pública.

Sostiene Vicente Calvo que el mejor atractivo de El Pitic era la fama de sus hermosas mujeres. Decía que eran numerosas de bellas formas y mucha gracia en sus maneras. Algunas extremadamente blancas, de ojos negros irresistibles con preciosas y arqueadas cejas, brazos redondos y torneados, lindas manos y pequeños y hermosos pies. De estatura alta y cuerpo elegante. Desde temprana edad se hacen púberes, siendo sumamente fecundas, con embarazos felices y alumbramientos fáciles y de pronta recuperación.

La mayoría de las mujeres crían a sus hijos con nodrizas importadas de España. Siendo las familias acomodadas las que tenían a su servicio hasta dos nodrizas. Nunca salen de su casa sin cubrirse con un tápalo, especie de chal de seda, importado de China. Con bordado de colores matizados que les desfiguraban el talle y les cubrían la espalda, los brazos y parte del rostro. Mujeres de trato amable y cariñoso, festivas y de gracioso estilo, con buena disposición a las reuniones sociales. Era su talento natural.

La Pitiqueñas vestía con gracia, y cuando concurrían a baile se les veía en trajes de lujo y calzado de seda ataviada con todo el gusto que podía ser posible. Dominada la moda de vestir europea principalmente la de París.

Las mujeres no dejaban de ser recatadas, acostumbradas a asistir a misa los domingos, luciendo sus encantos bien vestidas con sus manos llenas de anillos, cubiertas de joyas, y un grueso y hermoso rosario, que indudablemente atraía la mirada de los hombres que suspiraban al ver tanta hermosura de mujer.

Una mujer deseaba un joven incauto que cayera en sus redes y lo hacía caer al abismo del deseo, mostrándole sus cualidades, su encanto, su presencia respiraba amor. Los jóvenes forasteros eran su presa codiciada. En poco tiempo, sin muchos preámbulos contraía matrimonio y al final era una hermosa mujer casada, feliz, que podía formar un hogar.

Hermosillo era un Imperio Femenil. Un matriarcado. Difícilmente a una mujer sonorense bella y elegante se le podía escapar una buena presa. Hábiles para tejer su telaraña. Muchos años han pasado desde que aquel viajero español escribiera y describiera como pocos lo han hecho a la sociedad sonorense y en especial a Hermosillo.

El Pitic, ya no se llama así ahora se llama Hermosillo. Ya no es una ciudad tranquila. Su población se ha multiplicado en cien veces y más. Ya las viejas casonas han sido derrumbadas. Las casas de la actualidad son pequeñas, sin corredor, ni patio, ni jardín, ni cochera. Las calles angostas y rectas, hoy son anchas y están pavimentadas para dar cabida a un número cada vez mayor de automóviles. Las casas de un piso, ahora son complejos habitacionales o condominios. Las tiendas siguen aumentando y vendiendo las mismas mercancías tanto extranjeras como las del país.

Antes Villa de Seris era un lugar apacible y alejado de aquella ciudad que el viajero español vio en 1842, un pueblo risueño con sabor mediterráneo, alejado y a las orillas, reservado para ciertas gentes de alcurnia que consideraban este sacrosanto lugar como un retiro espiritual. Hoy Villa de Seris está rodeado por una mancha urbana, con casas de moderna construcción.

Las viejas casonas se han derrumbado, para ponerlas en venta a un buen corredor de bienes raíces. Las pocas casonas viejas son una ínfima minoría. Pero en Villa de Seris aún sigue habiendo léperos. Que ya no crían gallos de peleas, ni visten calzoncillos de manta. Hoy viven en hermosas y bellas residencias con automóviles último modelo. La prostitución no se ha acabado. Ahora ya no solo hay hermosas mujeres, las cosas han cambiado y los hombres les hacen competencia.

El Autor es: Sociólogo, Historiador, Escritor e Investigador.

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